El cóctel posterior a la ceremonia era un mar de champaña y sonrisas afiladas.
Simón se movía entre los grupos de invitados, aceptando felicitaciones, estrechando manos. Era el sol alrededor del cual giraban todos los planetas esa noche. Pero sus ojos, una y otra vez, buscaban a una sola persona en la galaxia de rostros.
Abril estaba conversando tranquilamente cerca de una de las esculturas de mármol del vestíbulo. Un pequeño grupo la rodeaba, escuchándola con una atención que a Simón le resultó irritante. No parecía necesitarlo. No parecía siquiera notar su ausencia.
Valentina, que no se había separado de su lado, vio la dirección de su mirada. Y vio su oportunidad.
Había estado esperando el momento perfecto. El desaire de Simón en el escenario había sido el aperitivo. Ahora, ella serviría el plato principal. Era hora del golpe de gracia.
Con una sonrisa que no llegó a sus ojos, se excusó del grupo en el que estaban y se deslizó entre la multitud con la gracia de una serpiente. Su vestido rojo era una mancha de sangre contra los tonos sobrios de la élite arquitectónica.
Simón la observó, con una mezcla de curiosidad y un mal presentimiento que no pudo ignorar. Vio cómo se acercaba al grupo de Abril.
Abril estaba a mitad de una frase, explicando algo sobre los textiles oaxaqueños a la esposa de un embajador, cuando Valentina la interrumpió. No con rudeza, sino con la calculada intrusión de quien cree tener todo el derecho.
—Abril, querida.
La conversación se detuvo. Todos los ojos se giraron hacia Valentina.
Ella colocó una mano sobre el brazo de Abril, un gesto de falsa intimidad que hizo que Abril se tensara imperceptiblemente. La sonrisa de Valentina era un despliegue de compasión venenosa.
Habló en un tono de voz lo suficientemente alto como para que todo el grupo, y varios curiosos cercanos, pudieran oírla perfectamente.

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