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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 286

Adriana escuchó las voces que venían de la oficina y supo que Lucía definitivamente estaba de mal humor en ese momento. No era un buen momento para visitarla.

Sin embargo, Lucía era la mujer con más autoridad en la familia Romero. Como no podía encontrar a Diego, solo podía pedirle ayuda a ella.

Adriana también atribuía parte del problema a Elena, convencida de que su presencia había dejado en Lucía una impresión más fuerte que la suya.

Sentía que la actitud de Lucía hacia ella ya no era la misma, pero ahora que la familia Castillo necesitaba ayuda, no tenía otra opción que dejar el orgullo a un lado.

Con una mano sobre su vientre apenas abultado, Adriana contuvo en silencio la rabia. «En cuanto nazca este bebé, todo estará bien. Con un hijo aseguraré mi lugar, y todos en la familia Romero tendrán que respetarme por él».

Esperó una hora antes de que Lucía accediera a verla.

Adriana entró, sosteniéndose el vientre.

Lucía no le ofreció asiento; la hizo quedarse de pie mientras hablaban.

Adriana se aguantó el nudo en la garganta y le preguntó a Lucía si podía ayudar a sacar a su madre y a su hermano de su problema.

Lucía revisaba rápidamente unos documentos, haciendo anotaciones en ellos, mientras le decía:

—Adriana, no puedes ser tan ambiciosa. La familia Romero ya le ha dado muchísimos recursos a la familia Castillo, no pretenderás que también les limpiemos sus desastres todos los días, ¿verdad?

Adriana suplicó:

—Lucía, te juro que no volveré a molestarte con los asuntos de mi familia. ¿Podrías ayudarme solo esta última vez?

Lucía dejó escapar una risa cargada de desdén:

—Adriana, piénsalo bien. Si Diego se entera de las porquerías que hicieron tu madre y tu hermano, ¿qué crees que pensará de ti y de la familia Castillo?

Adriana reaccionó de golpe.

De por sí, Diego ya estaba bastante distante con ella últimamente. Durante este viaje de negocios, solo le devolvía las llamadas cada dos o tres días y casi ni le contestaba los mensajes.

Esta vez, su madre no solo casi lastimó a Amelia, sino que también incriminó a Elena.

Si Diego se enteraba, seguramente estaría aún más molesto con ella y con la familia Castillo.

En ese caso, ella misma lo estaría empujando de vuelta a los brazos de Elena.

No podía permitirlo. Para proteger su matrimonio, Diego no debía enterarse de nada.

Al ver a Adriana dudar, Lucía sonrió.

—Pintas de maravilla, muchas gracias.

Amelia se alegró al ver que le gustaba y dijo con un poco de pena:

—Aunque todavía no soy famosa, mi maestro dice que mis cuadros se venderán a muy buen precio en el futuro.

Elena sabía que estaba siendo modesta.

Había visto las obras de Amelia en una galería antes, y sus cuadros costaban, por lo menos, cifras de seis dígitos.

—Entonces esperaré con ilusión el día en que tu obra alcance el reconocimiento que merece.

Ambas conversaban mientras comían.

Amelia le preguntó:

—El otro día vi cómo Alejandro te defendía sin dudarlo, ¿ustedes dos están juntos?

No podía creer que Alejandro, de quien se decía que era distante con las mujeres, la hubiera protegido con tanta determinación.

La mano de Elena se detuvo sosteniendo el tenedor.

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