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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 41

Alejandro sonrió:

—Ahora ya es tu alumna.

Fernando se sorprendió:

—¿Te refieres a Elena?

Alejandro asintió:

—Salvó a mi abuela con las técnicas de acupuntura que la familia Navarro ha pasado de generación en generación. Tiene muchísimo talento, y sería una lástima que se desperdiciara. Si llega a formarse contigo, profesor Álvarez, sé que podría llegar muy lejos en el campo de la investigación médica.

Fernando, sin entender, preguntó:

—¿Y por qué no me lo dijiste hace rato?

Alejandro respondió:

—Como al final las cosas se acomodaron solas, no vi necesidad de intervenir. Así evito que sienta que me debe un favor.

Fernando soltó una carcajada:

—Pero si vine a Ciudad del Río a dar esta conferencia fue por tu invitación. Así que esta conexión entre maestro y alumna también es gracias a ti. ¡Deberías llevarte algo de crédito!

Alejandro sonrió con modestia y no dijo nada más.

Al regresar a casa, Elena recibió unos documentos escaneados que le había enviado el profesor Álvarez. Eran textos médicos invaluables; si no fuera su alumna, una persona común jamás tendría acceso a ellos.

Se sintió profundamente agradecida y decidió estudiar con empeño para estar a la altura de la confianza del profesor Álvarez.

***

Tras ser dada de alta, la abuela se recuperó y Elena empezó a visitar la casa de su tía con frecuencia, preparándole caldos nutritivos para que recuperara fuerzas lo antes posible.

Su abuela le preguntaba seguido por qué no llevaba a Diego de visita.

Elena no sabía qué contestar, dudando si debía confesarle que ella y Diego se habían separado.

Al verla dudar, la angustia de su abuela creció y le insistió:

—Elena, para la próxima tienes que traer a Diego a verme, ¿entendido?

Por miedo a que la anciana se pasara la noche en vela por la preocupación, Elena solo asintió con evasivas.

Estaba a punto de arrancar el coche cuando vio acercarse un auto deportivo. La puerta se abrió y Diego bajó tomado de la mano con Adriana. Ella llevaba un ramo de tulipanes en los brazos.

Elena esbozó una sonrisa irónica y arrancó el coche para irse.

Diego notó que un coche conocido se alejaba y trató de distinguirlo a través de la luz de la calle. Al ver que se había distraído, Adriana le preguntó:

—¿Qué miras, Diego?

Diego siguió con la mirada la dirección en la que había desaparecido el coche y una inquietud inexplicable se le instaló por dentro. Ese coche que acababa de pasar... ¿no sería el de Elena?

Sin embargo, no tardó en convencerse de lo contrario. Si de verdad hubiera sido Elena, seguro se habría bajado a reclamarle y no se habría ido así nada más. Así que apartó la vista y le dijo a Adriana:

—Vamos adentro.

Adriana asintió, aunque por dentro estaba hecha una furia. Era obvio que, al ver ese auto, Diego había pensado en Elena.

Hacía un par de días, Isabela había ido a armarle un escándalo por el asunto de la tienda en Calle Armonía, e incluso le cruzó la cara de una bofetada.

Adriana se había tragado su orgullo y no le regresó el golpe; al contrario, le devolvió el local sin rechistar. Aquella actitud sumisa logró que Diego sintiera aún más lástima por ella.

Estos últimos días, Diego se la había pasado con ella para compensarla. Ella pensaba que, con tal de tenerlo comiendo de su mano, él terminaría olvidándose de Elena tarde o temprano.

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