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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 43

La asistente captó la indirecta, salió del lugar y cerró la puerta a sus espaldas. Al ver la puerta cerrarse, Elena sintió que el miedo le subía de golpe.

Marcelo le sirvió un vaso de jugo:

—Sé que no eres de tomar alcohol, así que te sirvo jugo.

El rostro de Elena se endureció. Ni loca probaría una sola gota de lo que ese infeliz le estuviera ofreciendo.

Durante su tercer año de universidad, en una comida con sus compañeros mayores, Marcelo se había aparecido de la nada y le había ofrecido un vaso de jugo. Ella se desmayó casi al instante. Cuando despertó, estaba dentro del coche de él. Solo logró escapar porque lo amenazó con aventarse del vehículo en movimiento.

Bastó verle la cara para que Elena volviera a sentirse atrapada.

Marcelo le sonrió, recorriendo su cuerpo con una mirada depravada:

—Estás sudando, Elena. ¿Tienes calor? ¿Por qué no te quitas el saco?

En realidad, no tenía planeado ir tan rápido.

Pero cuando le llegó el chisme de que su matrimonio era una farsa y de que la familia Romero la detestaba, se sintió con toda la confianza del mundo.

Como ella no tenía a nadie que le cubriera las espaldas, podía hacer con ella lo que le diera la gana. Total, nadie iba a mover un dedo por defenderla.

Marcelo la miró con una calma turbia que resultaba más amenazante que cualquier gesto brusco:

—Si eres inteligente, te vas a portar bien conmigo. En cuanto me aburra de ti, te dejo en paz.

Desde la universidad, Elena había escuchado los rumores de que varias de las exnovias de Marcelo se habían suicidado.

¿De verdad se habían quitado la vida? Seguramente había algo mucho más turbio detrás de todo eso.

Por suerte, no había llegado a esa reunión sin pensar antes en una salida. Sacó de su bolsa un reloj de pulso y, haciendo un esfuerzo sobrehumano por sonar tranquila, soltó:

—No es que no quiera estar contigo... es que ya hay otro hombre en mi vida.

Siendo un alto ejecutivo del Grupo Vargas y asistiendo a tantas juntas, Marcelo reconoció de inmediato que ese reloj pertenecía a Alejandro Vargas. Entrecerró los ojos, mirándola con desconfianza.

—¿No te habrás encontrado por ahí el reloj del director Vargas y ahora me quieres ver la cara?

Elena sacó su celular y, en sus narices, marcó el número de Alejandro, activando el altavoz. El teléfono sonaba, pero nadie contestaba. Elena apenas podía sostener la voz.

¡Si Alejandro no le contestaba, ese enfermo mental de Marcelo se le iba a echar encima sin dudarlo!

El teléfono sonó más de diez veces, hasta que por fin alguien descolgó.

—Bueno... —se escuchó una voz masculina, grave y profunda.

Elena se apresuró a hablar:

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