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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 484

CAPÍTULO 73

La información que Elena Duval le había entregado semanas atrás —el sobre con el origen de la fortuna de Augusto permanecía guardada en un rincón olvidado de su memoria. Enrique no había hecho nada con ella. Su obsesión por Matilde, aunque todavía le escocía en el orgullo, había sido desplazada por una urgencia mucho más importante: la supervivencia económica. Ya no le importaba que Matilde estuviera casada con el camarero o que vivieran en una mansión idílica; lo único que ocupaba su mente era encontrar una salida desesperada para que el banco de su familia no se fundiera definitivamente bajo el peso de sus propios vicios.

Elena Duval, sin embargo, no conocía la palabra "rendición". Para ella, el silencio de Enrique era una traición a su pacto de odio. Si el banquero estaba demasiado ocupado salvando su pellejo, ella se encargaría de mover los hilos de la marioneta por su cuenta.

Elena se encontraba en una pequeña joyería de los barrios bajos, lejos de las miradas curiosas de la alta sociedad. Sobre el mostrador de terciopelo desgastado, el anillo de zafiro que había robado de la habitación de Clara brillaba con una luz que Elena consideraba un desperdicio.

— Es una piedra buena, pero la montura es sencilla —dijo el joyero, evaluando la joya con una lupa— Puedo darle una suma razonable, pero no espere milagros.

— Solo deme el dinero —sentenció Elena, con una impaciencia gélida— Tengo gastos que no pueden esperar.

Con el efectivo obtenido de la venta del símbolo del amor de Carlos por Clara, Elena financió su propia red de búsqueda. Se dispuso a rastrear el pasado de Julian Thorne con una tenacidad que rayaba en la locura. Durante casi cinco semanas, envió telegramas, contrató a investigadores privados y revisó registros civiles hasta que, finalmente, lo encontró.

En una ciudad portuaria a cientos de kilómetros de distancia, vivía un hombre llamado Arthur Thorne. Era un sobrino lejano de Julian, un hombre de mediana edad que malvivía de un pequeño negocio de suministros pesqueros. Arthur había recibido una parte de la herencia de su tío, pero era una suma ridícula, apenas una propina en comparación con la inmensa fortuna que había volado hacia las manos de un completo extraño llamado Augusto de la Vega.

Elena viajó a buscarlo.

— ¿Y dice usted que conoce al hombre que se quedó con el dinero de mi tío? —preguntó Arthur, con los ojos brillando de una codicia resentida tras su tercera copa de coñac.

Elena se inclinó hacia adelante, exhalando una nube de humo.

— No solo lo conozco, Arthur. Sé que está usando ese dinero para humillar a familias enteras en mi ciudad. Su tío no estaba bien de la cabeza cuando firmó esos papeles. Fue manipulado por un oportunista que se aprovechó de un momento de debilidad.

— Yo siempre sospeché que algo olía mal —masculló Arthur, golpeando la mesa— Julian nunca fue un hombre generoso. Dejarnos a nosotros, su propia sangre, las migajas mientras le daba los barcos a un sirviente… es un insulto a la memoria de la familia.

— Está dispuesto a intentar recuperar su fortuna, ¿verdad? —preguntó Elena con voz de seda.

Arthur la miró fijamente. No era un hombre inteligente, pero sabía calcular sus riesgos.

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