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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 511

CAPÍTULO 100

— ¿Falta mucho? —preguntó Matilde con una sonrisa, acariciando su vientre— Este pequeño ya tiene hambre de nuevo.

Augusto soltó una carcajada y detuvo el coche frente a un callejón estrecho que desembocaba directamente en el muelle sur.

— Ya hemos llegado. Pero te advierto, Matilde… después de la mansión del valle y las oficinas que antes pertenecían a tu padre, esto puede resultarte un poco… chocante.

Bajaron del coche. El estruendo de una grúa cercana ahogó sus palabras por un momento. Augusto guió a su esposa hacia una puerta de madera reforzada con hierro, situada en los bajos de un edificio de ladrillo visto que alguna vez funcionó como almacén. Sacó una llave de hierro antigua, y la giró en la cerradura con un crujido que pareció sellar su pasado definitivo.

Al abrirse la puerta, Matilde entró en una estancia pequeña, de techos altos pero espacio reducido. Las paredes eran de piedra desnuda, el suelo de cemento pulido y el único mobiliario consistía en un escritorio de madera robusta, un par de sillas y un archivador metálico que Carlos había conseguido. Había una ventana alta, con rejas, que dejaba entrar una luz cenicienta tamizada por la neblina del muelle.

— Es… es un depósito, Augusto —dijo Matilde, caminando hacia el centro del cuarto. Su voz no contenía decepción, sino una curiosidad vibrante.

— Es la sede central de Vegacorp —corrigió él, acercándose a ella y rodeándola con sus brazos desde atrás— Es pequeña, está sucia y el techo gotea cuando llueve fuerte, pero es nuestra. No le debemos ni un centavo de este espacio a nadie. Lo pagué con el primer contrato de transporte de grano que Carlos y yo cerramos el mes pasado.

Matilde se giró en sus brazos, rodeándole el cuello con las manos.

— Me encanta, Augusto. Es nuestro.

Augusto besó su frente, sintiendo una oleada de gratitud. Temía que Matilde, acostumbrada a la opulencia de los Valente, se sintiera humillada por la estrechez de su nuevo comienzo. Pero ella, una vez más, le demostraba que su alma era mucho más grande que su apellido.

— Carlos vendrá en una hora con la cafetera y otros muebles —anunció Augusto— Pero antes de que lleguen los clientes, tenemos trabajo que hacer. No podemos tener un negocio sin nombre en la puerta.

Augusto señaló un rincón donde descansaba una tabla de madera de pino, lijada y lista para ser transformada. Al lado, había un bote de pintura negra, uno de color blanco y un par de pinceles.

— ¿Quieres que yo lo haga? —preguntó ella, con los ojos brillando de entusiasmo.

— Nadie mejor que la mejor artista de la ciudad para pintar el inicio de la dinastía —respondió Augusto— Pon manos a la acción, señora de la Vega. Yo me encargaré de poner orden aquí dentro.

Capítulo 511 1

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