CAPÍTULO 74
Enrique estaba esperando a su reunión con Elena, ese pariente de Thorne y el famoso inversor. Ya no estaba tan convencido como el día anterior de querer entrar en una batalla legal con Augusto de la Vega. Había mucho por perder.
La puerta se abrió sin previo aviso, rompiendo su trance de autocompasión. Elena Duval entró con la majestuosidad de una soberana, pero esta vez no venía sola. Detrás de ella, un hombre de aspecto descuidado, con un traje que le quedaba un poco grande y una mirada cargada de una codicia mal disuelta, observaba el lujo del despacho con ojos asombrados.
— Enrique, deja de lamentarte —dijo Elena, arrojando sus guantes sobre la mesa de caoba— Te presento a Arthur Thorne. El hombre que tiene la llave para enterrar a Augusto de la Vega.
Enrique alzó la vista, recorriendo al recién llegado con un desprecio que no se molestó en ocultar. Arthur Thorne se removió incómodo, ajustándose la corbata con manos que denotaban una vida de trabajos manuales.
— ¿Este es el gran hallazgo, Elena? —preguntó Enrique con una voz ronca y cargada de escepticismo—. Un pariente lejano de un muerto extranjero no va a salvar mi banco ni va a devolverte a ti a Augusto.
Elena se sentó frente a él, inclinándose hacia adelante con una intensidad que obligó a Enrique a prestar atención. Arthur se quedó de pie a un lado, como un extra esperando su turno en una obra de teatro.
— Escúchame bien, Enrique, porque no voy a repetirlo —siseó Elena—. Arthur es el sobrino de Julian Thorne. Recibió una miseria de la herencia mientras que el "camarero" se quedó con barcos, cuentas y empresas. Arthur está dispuesto a reclamar lo que es suyo por derecho de sangre. Está dispuesto a denunciar a Augusto por fraude sucesorio, alegando que manipuló a un anciano moribundo para robarle la fortuna.
Enrique soltó una risa seca y amarga.
— Las leyes no funcionan así, Elena. Si el testamento es legal, no hay nada que hacer. Augusto tiene los mejores abogados que el dinero puede comprar.
— Ahí es donde te equivocas —replicó Elena con una sonrisa de depredadora—. Los documentos pueden... ajustarse. Si encontramos al hombre adecuado, un abogado que no tenga miedo de ensuciarse las manos y que sepa cómo encontrar grietas en actas notariales extranjeras, podemos convertir esa herencia en un delito. Imagínatelo, Enrique: Augusto de la Vega en la cárcel, sus cuentas congeladas por una investigación internacional y su nombre arrastrado por el lodo. ¿Crees que ese matrimonio feliz sobrevivirá a un escándalo de estafadores?
Enrique guardó silencio por un momento. La idea de ver a Augusto tras las rejas hizo que su corazón latiera con una fuerza que creía haber perdido. Pero la realidad de sus propias deudas regresó de inmediato.
— Aunque lográramos meterlo en la cárcel, mi banco sigue vacío, Elena —dijo Enrique, bajando la voz— ?Dónde está el empresario que inyectaría capital en mi banco?. Necesito dinero hoy, no una venganza mañana.
Elena soltó una carcajada triunfal y miró a Arthur, quien asintió con la cabeza.
— Sabía que dirías eso. Por eso no solo te traigo a un heredero, Enrique.
Enrique arqueó una ceja, intrigado a pesar de su escepticismo.
— ¿De qué hablas?


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