CAPÍTULO 96
— Así que es verdad… —dijo Elena con la voz reducida a un susurro ronco y desolado— Realmente te vas y me vas a dejar aquí.
Clara continuó doblando una de sus blusas sobre la cama, sin molestarse en alzar la vista hacia ella.
— Mañana mismo le entrego las llaves al arrendador, Elena. Carlos ha alquilado un pequeño lugar cerca de la zona del puerto, donde comenzaremos desde cero. Ya no existe una sola razón para que me quede en este apartamento.
Elena caminó a pasos rápidos hacia ella, extendiendo las manos temblorosas en un gesto desesperado de súplica que, en cualquier otra época, habría desarmado a Clara al instante.
— Clara, por favor… tienes que escucharme —suplicó Elena con el rostro desencajado— Galdós se ha marchado definitivamente. Me dejó un cheque que no es más que un insulto a mi dignidad y se llevó todas sus promesas de vuelta a la capital. Estoy completamente sola. Enrique ha muerto, la Banca Saldívar se desmoronó y toda la ciudad me mira en las calles como si fuera la peste. Necesito que me ayudes, Clara. Tú eres la única familia real que me queda en este mundo.
— ¿Familia, Elena? —preguntó Clara con una amargura suave pero profunda en la mirada— ¿Cómo podrías atreverte a hablar de familia después de todo lo que hiciste a mis espaldas? Robaste los documentos confidenciales de mi habitación, traicionaste la confianza ciega que te entregué y nos expusiste a todos ante hombres peligrosos.
— ¡Lo hice por las dos! —exclamó Elena, recuperando por un segundo ese antiguo fuego orgulloso que la caracterizaba— ¡Quería que dejáramos de ser para siempre las simples sombras de los demás! ¿Tan difícil es para ti entender que solo buscaba nuestro futuro?
— No, Elena. No me mientas más, al menos no hoy que estamos despidiéndonos —replicó Clara, dando un paso firme hacia ella— No lo hiciste por nosotras; lo hiciste exclusivamente por ti, por tu propio ego desmedido y herido porque Augusto eligió amar a Matilde antes que a ti. En tu afán obsesivo por dañar a los demás, terminaste perjudicando a cada persona que se cruzó en tu camino. Carlos perdió su libertad. Augusto perdió la totalidad de su fortuna. Matilde casi pierde a su marido y a sus padres en la misma semana. Y yo… yo perdí a la mujer que consideraba mi hermana.
Elena bajó la cabeza lentamente, dejando que el denso silencio del apartamento la envolviera por completo.
— Sé que cometí errores horribles, Clara… pero puedo cambiar —susurró Elena, buscando desesperadamente el contacto visual de su amiga— Te juro por lo más sagrado que puedo cambiar. Si tú estás a mi lado, podemos armar las maletas y mudarnos a otra ciudad lejana, donde nadie conozca nuestro nombre. Podemos empezar de nuevo las dos juntas, exactamente como cuando éramos niñas y no teníamos nada más que nuestra amistad.
Clara la miró con una compasión sincera, pero retiró su mano con una firmeza categórica que selló el destino de ambas.
— No, Elena. Es mucho mejor que a partir de ahora hagamos nuestras vidas por caminos totalmente separados. Ya no soy aquella niña ingenua que te seguía a todas partes esperando que la salvaras de las dificultades. He aprendido por las malas que la única persona capaz de salvarme soy yo misma. Y el hombre que me ama me ha enseñado con hechos que la lealtad y el afecto verdadero no se compran con dinero ni con manipulación.
— ¿Y qué se supone que haga yo ahora? —inquirió Elena, alzando la voz con una mezcla de pánico y rabia— ¿Simplemente te vas a ir a vivir tu vida perfecta con Carlos mientras yo me hundo en la ruina?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.