CAPÍTULO 98
— ¡Matilde, querida! —saludó Leticia, poniéndose de pie con una agilidad sorprendente que delataba de inmediato su inmensa alegría— No te esperábamos en casa hasta mañana por la mañana.
Matilde se acercó a paso sereno con una amplia sonrisa dibujada en el rostro y besó con ternura la mejilla de cada uno de sus padres.
— He venido hoy mismo porque no podía aguantar la ansiedad de esperar a mañana para darles una gran noticia —dijo Matilde, sentándose cómodamente en el sofá de tapicería sencilla de la sala— Augusto quería acompañarme, pero en este momento está cerrando los últimos detalles del contrato de alquiler para la nueva oficina cerca del puerto.
Rodolfo dejó el periódico a un lado sobre la mesa de centro; su rostro cansado se iluminó por completo al escuchar la mención de la nueva empresa.
— Ese muchacho no descansa ni un solo segundo, Matilde —comentó Rodolfo con orgullo sincero— Es un auténtico motor incansable. Hay que ver la visión que tiene para los negocios...
Rodolfo hacía ademán de seguir hablando y enumerando una a una las virtudes de su yerno, pero Matilde, sintiendo cómo el corazón le latía a mil por hora en el pecho, no pudo contenerse por más tiempo.
— Padre, madre… —Matilde tomó con delicadeza las manos de Leticia entre las suyas, buscando directamente sus ojos— Estoy embarazada.
Leticia ahogó un grito de absoluto júbilo y se llevó las manos al pecho, mientras las lágrimas empezaban a asomar por sus pestañas.
— ¡Un nieto! —exclamó Leticia con la voz entrecortada, lanzándose a abrazarla de nuevo con fuerza—.\ ¡Es una bendición inmensa después de atravesar tanta oscuridad!
Leticia se separó apenas unos centímetros de su hija, y el instinto de madre de la vieja guardia afloró por un segundo en su mirada.
— Menos mal que la boda es mañana mismo, hija. Los tiempos de Dios son verdaderamente perfectos.
Matilde soltó una risita suave y negó con la cabeza en gesto divertido, acariciando la mano de su madre.
— Mamá, ya estoy casada con Augusto desde hace tiempo. Soy la Señora de la Vega ante la ley y ante todo el mundo.
— Lo sé, lo sé perfectamente —replicó Leticia, recuperando por un instante un poco de su antigua rigidez, aunque con un tono infinitamente más dulce— Pero me refiero a la boda real, a la consagración en la iglesia. Mañana será nuestra unión bendecida bajo los ojos de Dios. Y que el bebé venga al mundo después de recibir ese santo sacramento… bueno, no te voy a negar que me quita un gran peso de encima frente a la sociedad.
Matilde sonrió con indulgencia. Comprendía que, para una mujer como Leticia, las formas y las tradiciones religiosas seguían siendo su último refugio de tranquilidad.
— Mañana será la boda religiosa, es completamente cierto —asintió Matilde— Y me siento profundamente feliz de que esta vez sí vayan a estar a mi lado. En esta ocasión no quiero sillas vacías en el altar, ni quiero mirar hacia atrás buscando un rostro conocido entre la multitud. Quiero que ustedes caminen a mi lado hasta el altar.
Rodolfo, que había permanecido en un silencio conmovido con los ojos empañados, se acercó despacio y colocó una de sus manos pesadas sobre el hombro de su hija. Su voz sonó ronca, cargada de una calidez que había redescubierto en medio de la pobreza.
— Estaremos allí, hija mía. Te aseguro que no habrá un hombre más orgulloso en toda esa iglesia que yo. Tú has salvado a esta familia de destruirse a sí misma.
Rodolfo se sentó junto a ellas en el sofá, frotándose las manos con entusiasmo. La sola idea de convertirse en abuelo parecía haberle devuelto diez años de juventud de un solo golpe.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.