CAPÍTULO 99
Augusto de la Vega vestía un traje oscuro de corte impecable. A su lado, Carlos, su hermano de vida y socio, lucía una sonrisa que borraba años de fatiga y noches de celda. Ambos miraban hacia la puerta, contando los segundos para que el último rastro del pasado se disolviera en el "sí, quiero".
La música del órgano comenzó a sonar, una melodía suave que llenó las naves de la iglesia. Las puertas se abrieron de par en par, dejando entrar la luz radiante del mediodía.
Clara entró primero. Caminaba del brazo de su tío y vestía un traje de novia sencillo, de encaje crudo, que resaltaba su belleza natural y esa nueva luz de paz que habitaba en sus ojos desde que Carlos entró en su vida. Al llegar al altar, Carlos le tomó la mano con una ternura que hizo que varias señoras en los bancos sacaran sus pañuelos.
— Estás preciosa, Clarita —le susurró Carlos al oído.
— Gracias por no soltarme, Carlos —respondió ella en un hilo de voz.
Entonces, el ambiente en la iglesia cambió. Rodolfo Valente apareció en el umbral, y del brazo llevaba a su hija. Matilde estaba deslumbrante. Su vestido de seda blanca, diseñado por ella misma, caía con una elegancia que no necesitaba de diamantes para brillar. Su velo, una gasa ligera que flotaba tras ella, no lograba ocultar la radiante felicidad de su rostro.
Rodolfo caminaba con paso lento, con la cabeza en alto, sintiendo el peso de la responsabilidad más grande de su vida: entregar a su hija al hombre que él mismo había intentado destruir. A medida que avanzaban por el pasillo, Rodolfo miró a Augusto. Vio al hombre que había amado a Matilde por encima de todo.
Al llegar al altar, Rodolfo tomó la mano de Matilde y, en lugar de entregarla mecánicamente, la sostuvo un segundo más mientras miraba a Augusto a los ojos.
— Cuídala, Augusto —dijo Rodolfo con una voz ronca y cargada de emoción— Te entrego lo más valioso que tengo. Perdóname por haber tardado tanto en darme cuenta de quién eras realmente.
Augusto asintió con una solemnidad que selló la paz definitiva entre ambos.
— Tendrá una vida llena de amor señor Valente. Se lo juro por mi honor.
Augusto tomó la mano de Matilde, y el contacto de sus pieles produjo esa descarga eléctrica que los transportó de regreso a la playa donde todo comenzó. Se colocaron frente al sacerdote, con Carlos y Clara a su lado.
Cuando llegó el momento de los votos, Augusto se giró hacia Matilde, ignorando al resto de los presentes.
— Matilde —comenzó él, y su voz vibró con una seguridad tan pura que conmovió a todos los presentes— Un imperio puede levantarse y caer, el dinero puede desvanecerse como la bruma del puerto y las riquezas pasar, pero el amor verdadero todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.