CAPÍTULO 95
Matilde y Augusto estaban sentados en el amplio diván del salón principal, cara a cara frente a Rodolfo y Leticia. En el ambiente ya no flotaban los gritos destemplados de antaño, ni las amenazas veladas, ni esa frialdad cortante cargada de desprecio aristocrático que durante meses había dominado las reuniones familiares. En su lugar, se asentaba algo mucho más denso y aplastante: la cruda e ineludible realidad.
La vertiginosa caída de Enrique Saldívar no había sido un evento silencioso. Su huida fallida en mitad de la noche y el posterior hallazgo de su cadáver en aquel desfiladero desataron una feroz reacción en cadena que terminó por implosionar la Banca Saldívar en cuestión de días. Con la bancarrota fraudulenta de la entidad, los Valente lo habían perdido todo de la noche a la mañana.
Para empeorar la situación, Augusto de la Vega también había recibido un golpe demoledor en sus finanzas. El inmenso capital que había transferido en su momento al banco de Enrique para cancelar la aplastante deuda de su suegro y asegurar la libertad de Matilde se había esfumado sin dejar rastro en el pozo sin fondo de las mesas de juego y las malas inversiones de los Saldívar.
Rodolfo Valente rompió finalmente el pesado silencio de la estancia, frotándose las manos nudosas con un gesto de marcado nerviosismo que Matilde jamás le había visto en la vida.
— He pasado toda la noche revisando los papeles contables junto a los abogados y los administradores, Augusto —dijo Rodolfo con una voz quebrada por la humillación— No existe forma de salvar el patrimonio familiar. Los barcos, los depósitos bancarios, los vehículos e incluso los muebles... absolutamente todo figura en la lista prioritaria de los liquidadores. Enrique nos arrastró a todos con él directamente al fondo del mar.
Augusto asintió en silencio con una serenidad desarmante que terminó por sorprender a Leticia.
— Lo sé perfectamente, Rodolfo —respondió Augusto con aplomo—. Ese capital ya no volverá a nuestras manos. Lamentarse por las pérdidas materiales no nos devolverá ni un solo centavo.
Leticia, que hasta ese instante había permanecido con la mirada fija en el fondo de su taza de té vacía, alzó lentamente la vista. Sus ojos lucían hinchados y enrojecidos por el llanto, pero en su expresión ya no quedaba rastro del antiguo odio.
— ¿Y qué se supone que vamos a hacer ahora? —preguntó ella — No podemos simplemente quedarnos en la acera como indigentes. ¿Qué dirá la gente de nuestro círculo cuando lo sepa? ¿Cómo voy a mirar a la cara a mis amistades cuando se enteren de que los Valente no tienen dinero ni siquiera para mantener al servicio doméstico?
Augusto se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas y mirando a su suegra a los ojos.
— Leticia, las apariencias sociales son un lujo superfluo que en esta situación ya no pueden permitirse —expresó Augusto con marcada serenidad— Y si me permiten la absoluta franqueza, fueron esas mismas apariencias las que, paso a paso, nos trajeron hasta este abismo. La solución que les propongo es drástica, pero del todo necesaria: deben vender esta mansión a la brevedad. Antes de que los ejecutores del banco emitan el embargo formal, podemos concretar una venta privada y rápida a uno de mis antiguos socios extranjeros. Ese dinero les dará lo suficiente para saldar las deudas personales más urgentes y, además, les dejará un remanente digno para vivir los próximos años.
— ¿Vender la mansión familiar? —Leticia se llevó de inmediato una mano temblorosa al pecho, completamente escandalizada— Augusto esta casa ha pertenecido a mi familia por generaciones. En estos pasillos creció Matilde, aquí construimos nuestra vida. Me niego a abandonar este lugar para irme a la nada.


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