CAPÍTULO 69
Elena Duval estaba sentada en su butaca favorita, envuelta en una bata de seda color perla, con una pierna cruzada sobre la otra y una copa en la mano. Se veía radiante, con ese brillo de triunfo que solo la maldad bien ejecutada suele otorgar. A su lado, sobre la mesa auxiliar, el sobre de papel que había robado su amiga Clara.
El sonido de la puerta abriéndose con un golpe violento no la asustó. Al contrario, Elena esbozó una sonrisa de suficiencia y levantó su copa hacia la entrada.
— ¡Clara, querida! —exclamó Elena con una voz cantarina, sin volverse— Te estaba esperando para brindar. He tenido una reunión de lo más fructífera con nuestro amigo Enrique. No te imaginas el valor de lo que encontraste. Eres una genio, siempre fuiste una gran amiga.
Clara entró en el salón con el paso pesado de quien arrastra el cadáver de sus propias ilusiones. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, el maquillaje corrido y el vestido azul arrugado. Pero lo que más llamaba la atención era su mano izquierda. El anillo de zafiro ya no estaba allí.
Elena finalmente se giró y, al ver el estado de su amiga, su sonrisa se congeló por un segundo, reemplazada por una curiosidad casi clínica.
— ¿Qué te ha sucedido, querida? —preguntó Elena, fingiendo una preocupación que sonaba a plástico— Pareces haber pasado por una tormenta de arena.
Clara se detuvo frente a ella, temblando de una furia que llevaba años contenida. Sin previo aviso, extendió la mano y le arrebató la copa a Elena, lanzándola contra la pared de enfrente. El cristal estalló y el líquido salpicó el papel tapiz, goteando como lágrimas doradas.
— ¿Por qué lo hiciste, Elena? —rugió Clara, con una voz ronca que asustó a la propia Elena— ¡Me robaste! Entraste en mi habitación, revolviste mis cosas y te llevaste esos documentos para tu propio beneficio. Sabías lo que significaba ese sobre para mí. Sabías lo importante que era mi relación con Carlos. ¡Sabías que mi vida entera dependía de su confianza!
Elena se levantó lentamente, alisándose la bata con una calma exasperante.
— No seas dramática, Clara. Esos papeles no te pertenecían a ti, ni a Carlos. Eran la llave para que Augusto de la Vega dejara de jugar a ser el rey de esta ciudad.
— ¡No te importó nada! —gritó Clara, dando un paso hacia ella— Me hablabas de hermandad, de sobrevivir juntas, mientras planeabas cómo apuñalarme por la espalda para impresionar a un borracho como Enrique Saldívar.
Elena arqueó una ceja, volviendo a su tono despectivo.
— No me digas que el gran Carlos rompió contigo por un simple desliz administrativo. ¿Tan frágil era ese amor?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.