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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 660

NYX

Escondo el librito de sexo y entro a socializar, pero mi mente no puede dejar de pensar en esas imágenes pervertidas.

Y en las ganas que tengo de practicarlas con mi macho… yo tampoco soy muy “normal” que digamos.

Esa noche me asignaron una habitación bien lejos de las alcobas reales.

Sé muy bien que mi abuelo metió las garras.

La verdad no le veía el sentido a estarme cuidando tanto, pero así eran ellos.

Parecía que simplemente buscaban una excusa para estar peleándose todo el día.

A Lyra le quisieron hacer lo mismo, pero como a ella sí le habían metido el “nudo” ya hasta la garganta, ¿para qué fingir pudor?

Cuando seguía la espalda de la sirvienta que me llevaba a mi cuarto, me encontré a Aidan hablando con su padre en el rellano del primer piso.

A través de las escaleras, mis ojos se fundieron con los suyos.

“Descansa bien, mi amor” —me dijo en la mente cálidamente y le respondí igual.

Continué mi camino, pero confieso que una punzada de decepción me atravesó el pecho.

¿Qué esperaba que me dijera?

¿“Espérame con la braga abajo y lista para desvirgarte”?

Supongo que eso mismo esperaba, que rompiera las reglas, que tomara lo que deseaba entregarle.

¿Será porque aún no se siente preparado para ese paso? ¿Quizás estoy siendo demasiado desconsiderada?

Él… él tal vez la sigue recordando, se siente culpable…

—Es aquí, Srta. Nyx.

La voz de la doncella me saca de mis preguntas existenciales.

—Ah, gracias —le respondo en automático y me doy cuenta de que lleva una cesta en la mano.

La brisa se cuela por una ventana abierta al final del pasillo y trae un aroma delicioso a mi nariz.

Viene de una de las prendas limpias en la canasta, es una camisa de Aidan, estoy segura.

¡BAM!

—Oh, por la Diosa —deja la cesta en la silla del pasillo y va corriendo a cerrar la ventana de cristal que da bandazos.

Mis ojos se clavan en la cesta.

Antes de pensar con claridad en la cosa pervertida que pienso hacer, tomo la camisa de Aidan y me meto en la alcoba cerrando la puerta.

Mi espalda rígida se pega a la madera.

Qué vergüenza, ¡seguro se da cuenta!

Aprieto la prenda en mi mano pensando en alguna excusa si toca y me pregunta.

Pero la escucho recoger la canasta y marcharse por el pasillo.

No sabía que contenía la respiración hasta que escuché el suspiro saliendo de mi boca.

En medio de la luz tenue de la hermosa habitación, me llevé la camisa a la nariz.

Aspirando el aroma a pino y bosque invernal, a copos de nieve.

Ronroneo como gata mientras la calentura me invade.

Maldit4 sea, estoy peor que loba en celo.

Mi magia se mueve revuelta, llamando a la suya.

Calmando mis pensamientos lujuriosos, decido darme un buen baño.

Camino al lujoso cuarto del aseo y veo la tina preparada.

Me desnudo y hasta el roce de la tela me hace estremecer.

El abdomen contraído, y su mano se amasaba la forma de su pene erecto marcado contra el pantalón.

Algunos botones abiertos, casi mostrando la cabeza rojiza a mis ojos codiciosos.

Tragué, sintiendo que me humedecía aún más.

Mi dedo bajó por la ranura temblorosa, gemí bajo al acariciar mi clítoris sensible y de vuelta al centro.

Él me devoraba y abrí más las piernas para mostrarle descaradamente.

Una vergüenza morbosa recorría mis venas.

Me encantaba ver a su lobo rugir en la superficie, la tensión de su cuerpo, el olor embriagante de sus feromonas.

Él me deseaba.

—Mételo adentro… más… sshh… no me hagas decirlo de nuevo… —gruñó con los caninos afuera, salvaje e indomable.

—Aahmm —me mordí el labio cuando el dedo del medio me penetró.

Envuelto en pliegues temblorosos y fluidos abundantes.

Una y otra vez me apuñalé, empujando la pelvis, como una zorra, mostrándole cómo me tenía.

Obedecí sus órdenes, cada una de ellas, al igual que una estudiante aplicada.

Me pellizqué los pezones y apreté mis senos, gemí su nombre entre caricias impuras.

Pero yo quería más y él también.

—Ven, te daremos tu recompensa por ser tan buena chica.

Se pasó la lengua por esos enormes caninos lobunos, su expresión de completa lujuria.

Gateé por la cama hacia él.

Estaba tan borracha de lascivia que ni siquiera reparé en el detalle de que había dicho “te daremos” y eso es plural… o sea… más de uno.

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