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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 111

Apenas Melissa pisó la oficina con sus aires de grandeza, luciendo la gargantilla de diamantes nueva en el cuello, Jake no le dio ni las buenas noches.

Agarró el fajo de fotos del penthouse y del chofer y se las tiró directo sobre el escritorio, esparciéndolas frente a ella.

—Me explicas qué carajos es esto —exigió Jake, con una voz tan baja y fría que ponía los pelos de punta.

Melissa miró las fotos por un segundo, pero rápidamente levantó la barbilla, tratando de mantener su fachada de intocable.

—¿Te tengo que explicar lo que hago o dejo de hacer en la cama con él? —respondió, cruzándose de brazos.

Eso fue todo. Jake perdió los estribos.

Se levantó de la silla como un ogro, cruzó el escritorio, la agarró del pelo y la pegó contra la pared con un coraje brutal. El golpe le sacó el aire a Melissa.

—No quieras verme la cara de estúpido a mí, porque la única que va a salir perdiendo aquí eres tú —le gruñó en la cara.

—¡Suéltame!... Jake, me estás lastimando —soltó ella, con la voz temblando y el miedo le bajó de golpe.

Sabía perfectamente que Jake no jugaba carritos; era un hombre peligroso que manejaba los bajos fondos de la ciudad y no iba a dudar en hacerle daño.

—Yo solo te pedí que pasaras una noche con él para engancharlo al club. No que te volvieras su puta exclusiva a mis espaldas —le reclamó, tirando un poco más de su cabello—. ¿Sabes lo que significa eso, Melissa? Significa que me estás robando.

—Jake, por favor... mi cuello, me duele —suplicó ella, con lágrimas de dolor asomándose.

Él la soltó con tanta fuerza que Melissa perdió el equilibrio y cayó de rodillas al suelo alfombrado, agarrándose la garganta.

Jake se agachó de inmediato para quedar a su nivel, acorralándola por completo.

—¿Tú te crees muy lista? —susurró él, agarrándole la cara con una mano para obligarla a mirarlo—. Puedo ir de soplón mañana mismo y decirle a Víctor Grimaldi que Mattias no es su hijo. Un par de pruebas, una llamadita, y se te cae el teatrito de madre abnegada.

Melissa se puso blanca como un papel. El pánico le paralizó el corazón. Ese era su secreto mejor guardado.

—Por favor... no serías capaz.

—Ponme a prueba —la amenazó, pasándole la otra mano por el brazo desnudo con una brusquedad que la hizo temblar—. Tú eres mía, Melissa. Y te voy a enseñar muy bien a quién le perteneces para que no se te vuelva a olvidar.

Jake la empujó contra el suelo, bloqueándole cualquier vía de escape.

—¡Suéltame, por favor, no quiero...! —rogó Melissa, intentando retroceder, mientras la puerta de la oficina quedaba cerrada con seguro a espaldas de Jake.

***

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