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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 149

Después de colgar una llamada rutinaria en su oficina, Amanda se dejó caer en la silla de cuero y soltó un suspiro tembloroso.

Había intentado concentrarse en los diseños de Nazarth College, pero su mente no dejaba de viajar hacia el peligro invisible que los acechaba.

Levantó la mirada justo cuando la pesada puerta se abrió.

Era Víctor, quien había ido a visitarla para asegurarse personalmente de que los nuevos escoltas del edificio estuvieran cumpliendo sus órdenes al pie de la letra.

Al verlo, una chispa de esperanza brilló en los ojos de Amanda, cruzando el escritorio casi de inmediato.

—¿Sabes algo de ese tipo? —preguntó ella, aferrándose a las manos de su esposo.

Víctor negó despacio, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se marcaron.

—No, aún nada. Todavía se esconde. Rodrigo y los hombres siguen rastreando la zona.

El rostro de Amanda reflejó un terror absoluto.

El fantasma del francotirador, la bala que casi mata a Daniel y la amenaza constante sobre su pequeña familia la estaban consumiendo viva.

—Esto no puede estar pasando, Víctor... —murmuró ella, sintiendo que las lágrimas le quemaban la garganta—. Alexander está demente. Es un psicópata que no tiene límites. No quiero que nos haga daño, no quiero. Ahora tenemos a Mattias en casa, tenemos a nuestra bebé en camino... No puedo vivir con este miedo.

Víctor acortó la distancia en un solo movimiento.

La tomó por los hombros con una firmeza que a la vez era increíblemente suave, obligándola a levantar la cabeza y mirarla directamente.

—Amanda, mírame —exigió él, con una voz profunda, que no admitía la más mínima duda—. Voy a conseguir a este tipo. Te juro por mi vida que pagará en una cárcel de máxima seguridad en los Estados Unidos. Aquí no podrá burlar a la justicia.

Sus ojos azules ardían con ferocidad. Era la mirada pura e implacable de un hombre dispuesto a quemar el mundo entero hasta los cimientos con tal de defender a su familia.

—¿Cómo vas a hacer eso, amor? —preguntó Amanda, con un hilo de voz, apoyando las manos en el pecho de él—. Todo el Caribe... Es inmenso. Es como buscar una aguja en un pajar.

—Entonces compraré el pajar entero y le prenderé fuego hasta que solo quede la maldita aguja, Amanda —sentenció Víctor, acariciando la mejilla de su esposa con el pulgar para calmar su llanto—. Ya tengo a mi equipo rastreando cada cuenta bancaria fantasma, cada vuelo privado y cada socio comercial que Donovan haya tocado en los últimos cinco años. He presionado a mis contactos de alto nivel.

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