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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 17

Víctor sentía que la sangre le hervía bajo la piel. Ver a su esposa allí, tan orgullosa, tan deseable y rechazándolo en su propia cara, lo estaba llevando al límite.

Sentía que si no la hacía suya en ese preciso instante, iba a reventar de la pura desesperación.

—Vamos a mi despacho —le ordenó con la voz casi irreconocible.

Le extendió la mano, esperando que ella la tomara como la esposa sumisa que alguna vez fue, pero Amanda ni se inmutó.

Lo miró con altivez y caminó por su cuenta, obligándolo a seguirla de cerca, tragándose la frustración.

Apenas cruzaron el umbral de la oficina, Víctor no aguantó un segundo más.

Le metió seguro a la puerta, asegurándose de que ninguno de los empleados que pudiera estar merodeando por la casa interrumpiera lo que había empezado en el pasillo.

La agarró por la cintura y la hizo girar.

La pared blanca le rozó la espalda a Amanda cuando él la empujó contra ella, acorralándola por completo.

Sin darle tiempo ni para respirar, la besó de nuevo, pero esta vez con una vehemencia salvaje, impetuosa.

Aquello fue un choque frontal. Boca contra boca, lengua contra lengua. Víctor estaba ardiendo en fiebre, exigiendo una respuesta con cada movimiento de sus labios.

Amanda levantó las manos de inmediato, con toda la intención de pararlo, de empujarlo lejos, pero su propio cuerpo la abandonó miserablemente.

La sensación que le transmitía la boca de su marido era fascinante, embriagadora.

Cerró los ojos, mareada por el calor del momento, y una sacudida eléctrica le recorrió la espina dorsal. Era como cuando se acostaba con Carlos.

La misma prisa, la misma forma de inclinar la cabeza, el mismo sabor a peligro.

Su mente empezó a compararlo inevitablemente con su amante.

No podía evitarlo; el contacto físico era tan absurdamente idéntico que por un instante se dejó llevar, abriendo los labios para devolverle el beso con una necesidad que la asustó.

Víctor, sintiendo que ella cedía, se pegó aún más a su cuerpo. Su mano bajó por la cadera de Amanda, buscando desesperadamente la abertura del vestido azul.

Encontró la piel desnuda de su muslo y empezó a subir, trazando un camino de fuego directo hacia su coño, con toda la intención de arrancarle la ropa interior.

Al mismo tiempo, bajó la boca hacia el escote, a punto de morder y succionar ese rico pezón que lo volvía loco.

El roce atrevido de sus dedos y el frío del aire chocando contra su pecho medio descubierto fueron el balde de agua helada que Amanda necesitaba.

El golpe de la realidad la estrelló de frente.

Capítulo 17. No me daré por vencido. 1

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