Amanda estaba frente la cafetera, sirviéndose un café oscuro con una calma envidiable, vestida con una bata de seda que se abrazaba a sus curvas.
Desde el pasillo de la puerta, Víctor la observaba en completo silencio. Sus ojos azules estaban fijos en un solo punto: las manos de su esposa.
Esas mismas manos de dedos largos y uñas perfectamente arregladas que, apenas un par de noches atrás, se habían deslizado con tanta audacia por su pecho desnudo.
Esas manos que lo habían tocado con tanta hambre en la penumbra de la habitación de hotel, que habían envuelto su polla con desesperación y que le habían arañado la espalda hasta dejarle marcas que aún le picaban bajo la fina tela de su camisa.
Un golpe de odio hacia sí mismo lo golpeó severamente.
Era una ironía cruel, una tortura psicológica insoportable tener que disfrazarse de un maldito extraño, esconderse detrás de la fachada de "Carlos", solo para poder sentir la piel desnuda de su propia mujer y escucharla gemir de placer.
Tragándose la frustración y el orgullo, Víctor dio unos pasos hasta acercarse a la inmensa mesa y tomó asiento.
El roce de la silla contra el piso rompió el silencio.
Amanda ni siquiera se inmutó. Tomó un trago de café y, mirándolo de reojo con cara de pocos amigos, le soltó de sopetón.
—Hoy tengo una reunión muy importante en la fundación —anunció ella—. Y luego saldré a tomar algo con mis amigas.
Víctor la miró directo a los ojos y puso su típica cara de tabla, apagando cualquier emoción para no darle el gusto y le respondió con la misma indiferencia.
—Está bien. No tienes por qué rendirme cuentas de lo que hagas o dejes de hacer.
Amanda arqueó una ceja, dejando la taza sobre el platito.
—No te estoy rindiendo cuentas, Víctor. Te lo informo por pura y simple cortesía. Para que no mandes a Daniel o a tus escoltas a buscarme si se me hace tarde, o para que no te armes un problema en la cabeza.
—Descuida —replicó él, agarrando su tablet de la mesa sin dignarse a mirarla de nuevo—. Tienes tu propia agenda y yo tengo la mía. Eres libre de llegar a la hora que te plazca, como si no regresas a dormir. Mi vida no gira en torno a tus salidas.
—Perfecto. Me alegra muchísimo que estemos en la misma sintonía —remató ella.
—Que tengas un buen día.
—Igualmente.
Víctor se levantó de un tirón, agarró su saco y salió del comedor pisando fuerte, sin decirle ni pío.
Peló los ojos, asustada de su propia calentura, y movió la cabeza rapidito para espantar esos pensamientos morbosos.
—No, mujer, reacciona por favor —se susurró a sí misma, pellizcándose el puente de la nariz—. Es Víctor. El mismo imbécil arrogante que te ha ignorado como si fueras un cero a la izquierda desde el mismísimo día de tu boda.
Justo en ese instante de debate mental, la pantalla de su teléfono se iluminó sobre la mesa, vibrando suavemente.
Lo tomó y su pulso dio un brinco al ver la pantalla. Era un mensaje de Carlos.
"Deseo tanto volver a verte esta noche."
Amanda leyó la frase y se le salió una sonrisa maliciosa, sintiéndose la dueña del mundo. Miró hacia el pasillo vacío por donde se había esfumado Víctor y se le escapó una carcajada bajita.
De verdad que era una locura. ¡Dos hombres! Nunca se le pasó por la cabeza que ella iba a terminar controlando el juego de esta manera.
Qué cosa tan increíble: por un lado, un amante que se derretía por complacerla y le daba durísimo en la cama; y por el otro, su marido, el tipo que la trató como un mueble viejo por años y que ahora no podía disimular el desespero por revolcarse con ella.
La situación era extraña, pero a Amanda le importaba un bledo. Ya era hora de disfrutar y hacer lo que le diera la gana.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...