A pesar de que Víctor le había dejado la mansión y las propiedades a su entera disposición, Amanda no pensaba tocar un solo centavo de ese dinero.
Su orgullo estaba destrozado, pero su valentía estaba más firme que nunca.
Estaba decidida a empezar desde cero, por su propia cuenta, y para eso iba a desempolvar su título universitario. Iba a volver a ser arquitecta.
Esa mañana estaba en las oficinas de la Fundación Grimaldi, revisando carpetas y dejando las cuentas claras con una de las asistentes de administración.
Quería tener todo impecable para, en los próximos días, tirarle la renuncia en la cara a Víctor junto con el acta de entrega formal.
Mientras ambas mujeres estaban concentradas revisando los presupuestos, una voz profunda y con un ligero acento extranjero las interrumpió desde la puerta.
—Amanda, buen día.
Amanda levantó la vista de golpe.
Era Alexander Donovan, el empresario canadiense. Llevaba un traje a la medida y esa postura segura de hombre que sabe muy bien lo que quiere.
—Señor Donovan, qué sorpresa —respondió Amanda, enderezándose en la silla.
La asistente captó la indirecta al instante, recogió unos papeles y se excusó rápidamente, dejándolos solos en la oficina.
Adriana, su amiga y mano derecha, aún no había llegado a la fundación.
—Espero no interrumpir —dijo Alexander, acercándose con paso relajado—. Vine a revisar unos detalles de mi donación, pero te veo empacando cosas.
Amanda suspiró, cerrando la carpeta de golpe.
—No interrumpes. Y sí, estoy arreglando los últimos detalles. Ya no voy a trabajar más para la Fundación Grimaldi. Presentaré mi renuncia oficial esta misma semana.
Alexander alzó una ceja.
La sorpresa fue innegable, pero la ocultó en fracción de segundos detrás de su fachada de hombre de negocios.
—Vaya. Esa sí que es una noticia inesperada. La fundación pierde a su mejor pieza —comentó él—. Oye, este lugar está lleno de cajas y polvo. ¿Qué te parece si vamos a un lugar más discreto? Hay una cafetería muy elegante a media cuadra de aquí. Te invito un café.
Amanda dudó un segundo, pero el encierro la estaba asfixiando y un respiro no le vendría mal.
—Está bien, vamos.
Caminaron hasta la cafetería y se sentaron en una mesa apartada.
Pidieron dos expresos. Alexander la observaba en silencio, detallando la postura rígida de Amanda y su mirada distante.
—Se escuchan muchos rumores en los círculos financieros, Amanda —soltó Alexander de repente, dándole un sorbo a su café—. Dicen por ahí que tu matrimonio con Víctor Grimaldi siempre fue un simple acuerdo de negocios. Y verte renunciar a su fundación no hace más que alimentar el chisme.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...