Cristina, forzando un tono suave, respondió:
—De acuerdo.
Pero en cuanto Hugo le dio la espalda, sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia.
Había acompañado a Hugo a innumerables eventos a lo largo de los años.
Aunque se presentaba como la viuda del segundo hermano Yáñez, Hugo también llevaba ese apellido.
Ella estaba convencida de que todos la veían como la verdadera señora Yáñez.
Habían sido fotografiados juntos infinidad de veces.
Los medios de comunicación publicaban artículos insinuando constantemente lo bien que hacían pareja.
Creía que, en el fondo, Hugo también la había aceptado como suya.
Solo que, como apenas habían pasado cuatro años desde la muerte de César, y el matrimonio de Hugo con Vania aún no había terminado, ella se había mantenido al margen.
Pero esta era la primera vez que Hugo la dejaba plantada.
Cristina lo vio alejarse hasta que desapareció de su vista. De pronto, algunas personas la reconocieron al verla sola.
Aquéllos que buscaban ganar el favor de Hugo, naturalmente se acercaron a adular a Cristina.
Para olvidar temporalmente el desplante de Hugo, comenzó a platicar con ellos con una elocuencia casi vengativa.
Estaba segura de que al día siguiente los titulares hablarían de lo deslumbrante que había estado en la convención tecnológica.
Mientras tanto, Hugo, al no encontrar a Vania en el salón principal, salió a buscarla.
Tal como lo sospechaba, en el estacionamiento vio a Yago y a Vania parados juntos.
A su lado también estaba el Profesor Zavala.
Por su actitud, parecía que estaban a punto de irse juntos.
Hugo aceleró el paso y, justo antes de que Vania subiera al auto de Yago, intervino con voz autoritaria.
—Profesor Zavala. Señor Leal.
Al verlo, ambos hombres se detuvieron.
Vania pensó que él seguía ocupado con Cristina; al no ver a la mujer a su lado, le pareció bastante extraño.
Hugo clavó su mirada en Vania, escudriñando su ropa de arriba a abajo.
Hacía mucho que no la veía tan arreglada; se había puesto tacones y los labios los llevaba pintados.

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