—Puedes no quererlo, pero no voy a dejar que las de afuera se aprovechen gratis —continuó Vania—. Al fin y al cabo, tenemos un papel firmado, ¿no? Ese papel demuestra a quién le perteneces. Ahora mismo eres mío, así que si alguien más te usa, tiene que pagarme una compensación.
Mientras la escuchaba, el rostro de Hugo se ensombrecía cada vez más.
³Acaso Vania se daba cuenta de lo que estaba diciendo?
³Insinuaba que él era el gigoló de Cristina?
Hugo apretó los puños a los costados, haciendo crujir sus nudillos.
—Vania, cuida tus palabras.
Ella lo miró con una sonrisa cargada de sarcasmo.
—¿Qué pasa? ³Acaso dije algo que no es cierto? Dime qué palabra te ofendió y la cambio.
Ante la provocación de la mujer, Hugo perdió la poca paciencia que le quedaba.
Vania lo vio sacar su teléfono y preguntó por instinto:
—¿Qué haces?
Hugo ya había marcado el 911.
—Llamar a la policía. Alquilar de forma ilegal a tu esposo legítimo debe infringir alguna ley comercial. Ve a buscar cuál es. Grabé todo lo que acabas de decir...
Vania solo lo estaba amenazando, pero él se lo había tomado en serio.
Furiosa, estiró la mano para intentar arrebatarle el teléfono.
—Hugo, ¿estás loco?
Él ya había perdido los estribos.
—Hola, emergencias 911. ¿En qué le podemos ayudar? —se escuchó por el altavoz.
A Vania se le pusieron los pelos de punta.
¡Ella solo lo había dicho por decir, pero él de verdad había llamado a la policía!
—Hugo, perdiste la cabeza.
Él apretó los labios en una fina línea, visiblemente furioso.
La policía no tardó en llegar.
Cuando Marta abrió la puerta y vio a varios oficiales afuera, se quedó pasmada, pero los dejó pasar.
El Capitán Castro sintió que le daba una jaqueca apenas vio a Hugo y a Vania.
¿Otra vez ellos?
—Señor Yáñez, ¿ocurre algo?
Por culpa de Hugo, ya le habían llamado la atención dos veces. Casi lo hacen redactar un informe de disciplina.
Ya había aprendido la lección: cualquier denuncia nocturna sobre redadas en bares, la ignoraba por completo. Todo con tal de evitar a este demonio.

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