Con el rostro totalmente inexpresivo, Hugo borró el mensaje.
Eran casi las dos de la mañana. Apagó el teléfono, lo dejó en la mesa de noche y, en cuanto se metió a la cama, cayó en un sueño profundo.
Del otro lado de la ciudad, Cristina esperaba con el corazón a mil por hora.
Su teléfono seguía en un silencio absoluto.
¿Acaso Hugo no había visto el mensaje?
Se negaba a creer que un hombre pudiera dormir tranquilo en plena madrugada sin una mujer al lado. Si ella ya había dado el primer paso tan atrevidamente, él tenía que reaccionar.
Pensando que a lo mejor no lo había visto, decidió llamarlo.
Nadie conocía a Hugo mejor que ella. Se había acostumbrado a esperar a que él tomara la iniciativa; después de todo, él había sido quien la cortejó y le pidió matrimonio la primera vez. César llevaba cuatro años muerto. Ya era momento de dar el siguiente paso en su relación.
Cristina intentó hacer una videollamada, pero nadie contestó.
No dispuesta a darse por vencida, buscó el contacto fijado de Hugo y marcó directamente a su número celular.
«El número que usted marcó se encuentra apagado. Por favor, intente de nuevo más tarde».
Cristina se quedó helada.
¿Apenas eran las dos de la mañana y Hugo ya estaba dormido?
Se levantó de la cama, invadida por un inmenso vacío.
Se miró en el espejo; su figura era envidiable y sensual. Recordaba cómo, cuando era más joven, los hombres perdían la cabeza por ella.
Aún no había logrado llevar a Hugo a la cama. Se preguntó si, al ver la foto, él habría tenido que meterse a la ducha para calmarse a solas, ya que ella no estaba ahí...
Al día siguiente, Vania llevó a Lunita al colegio como de costumbre.
Madre e hija se despidieron con un abrazo.
Vania le recordó que solo le quedaban tres días en esa escuela, así que aprovechara para despedirse de sus amiguitos favoritos.
Lunita asintió feliz y entró saltando a la escuela, sin mostrar el menor rastro de tristeza.

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