—Miguel —rugió con voz profunda.
Miguel entró a la oficina.
—Consígueme la lista de las diez mejores escuelas de Nueva Alborada. Ve a buscar a mi esposa y pregúntale cuál le gusta más.
Miguel dudó un segundo, su mirada vaciló.
—¿Qué pasa?
—La señora ya se encargó de eso —respondió Miguel.
Hugo levantó una ceja; al parecer, su abuela había sido mucho más rápida que él.
Mejor así.
—Sin embargo, su esposa la rechazó. Ella misma le encontró escuela a la niña; al parecer, fue el señor Yago Leal del Grupo Nexo quien intervino.
La expresión de Hugo se tensó, y los nudillos de sus manos tronaron al apretarlos.
Dejó escapar unas cuantas palabras entre los dientes.
—¿Cuándo pasó esto?
¿Yago?
Ya sospechaba que entre ellos dos había algo más.
—Hoy por la mañana. Todos los trámites de ingreso de la niña ya están completos.
El rostro de Hugo se ensombreció.
Miguel contenía la respiración, esperando sus órdenes.
De repente, Hugo estrelló el cenicero contra el escritorio.
Miguel entendió de inmediato que su furia se debía a que Vania le había pedido ayuda a Yago para la escuela de su hija.
En el fondo, Miguel pensaba: *Era tu propia hija, algo que se resolvía en dos minutos, y le cediste la oportunidad a otro hombre. ¿A quién puedes culpar?*
La mirada gélida de Hugo barrió a Miguel.
—¿Qué haces ahí parado? ¿No tienes nada qué hacer? Lárgate.
Eso era exactamente lo que Miguel quería escuchar.
Por la tarde, un aura de terror cubrió a todo el Corporativo Alba.
Decenas de altos ejecutivos fueron llamados a la oficina de Hugo, quien, con los proyectos en mano, los humilló a gritos uno por uno.
Ni siquiera la gerente de relaciones públicas se salvó.
Todos entraban temblando y salían casi llorando.

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