Yago no tenía idea de cómo empezar. Él, un hombre implacable en los negocios, de repente empezó a tartamudear.
Cuanto más lo presionaba Vania con la mirada, más le remordía la conciencia.
Para empezar, si el profesor Zavala quería convertirla en su hija adoptiva, al menos debería darle un tiempo para asimilarlo. Apenas en su último encuentro la obligó a aceptarlo como maestro, y ahora, en su segunda reunión, ya estaba desesperado por proponerle que fuera su figura paterna.
Incluso para alguien acostumbrado a las altas esferas del mundo empresarial, la situación era extremadamente incómoda.
Pero el profesor Zavala no tenía filtro.
Al ver que Yago se quedaba mudo, le lanzó una mirada furiosa y se quejó en voz baja:
—No sirves para nada, ni un favor tan simple puedes hacerme. Olvídalo, lo haré yo mismo.
—...
Yago bajó la cabeza y tomó un sorbo de té, dejando a Vania aún más confundida.
La cara del profesor Zavala se iluminó como un árbol de Navidad.
—Mira, mi querida Vania. Llevamos conociéndonos tantos años y veo que no tienes familiares que te cuiden. Me preocupa que algún día alguien quiera aprovecharse de ti. ¿Por qué esperar? Hoy, después de comer, quiero adoptarte como mi hija. A partir de ahora, yo seré tu escudo y tu respaldo, ¿qué te parece?
Vania casi escupe el té.
Sintió que era de mala educación, así que hizo el esfuerzo de tragárselo.
La verdad es que no tenía una opinión muy alta del profesor, sobre todo porque este viejo terco la había chantajeado antes, pero a veces no podía evitar pensar que el anciano tenía su encanto.
El profesor Zavala la miraba lleno de ilusión, como un estudiante esperando la nota de su examen.
Justo cuando Vania estaba a punto de responder, la puerta del reservado se abrió de golpe.
Los tres giraron la cabeza al unísono. Hugo Yáñez, acompañado por Cristina, entró sin estar invitado.
El elegante traje de corte inglés que llevaba realzaba su figura imponente. Ese carisma abrumador, propio de un magnate en la cima del éxito, logró eclipsar por completo el porte sereno de Yago.
Cristina caminaba a su lado. Se notaba que acababa de salir del hospital por el ligero tono pálido en su rostro, pero vestida de pies a cabeza con ropa de diseñador y luciendo un collar Cartier en el cuello, mantenía la barbilla en alto con aire de superioridad.
El profesor Zavala frunció el ceño de inmediato.
Un evidente disgusto cruzó por su mente.


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