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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 251

Vania aceptó sin dudarlo.

Ambos se dirigieron a un edificio emblemático en Nueva Alborada, el centro comercial de lujo más exclusivo de la ciudad.

Yago caminó directamente hacia una joyería de alta gama.

Las personas mayores solían tener una fascinación especial por las joyas de jade y las esmeraldas. Yago pensó que regalarle algo así a la anciana, si bien no sería una genialidad, al menos garantizaría no cometer un error.

En realidad, él no tenía ningún tipo de relación con la familia Yáñez, pero no podía ignorar las instrucciones de su propio abuelo. Al parecer, el anciano patriarca de los Leal ya había encargado un regalo para doña Dolores y le había insistido a Yago para que fuera a comprar algo decente, advirtiéndole que no lo avergonzara.

Era la primera vez que Yago veía a su abuelo tomarse algo tan en serio.

Nunca había escuchado que los Leal y los Yáñez tuvieran una relación tan estrecha.

Vania ayudó a Yago a elegir el regalo para la anciana: un exquisito dije tallado en jade que irradiaba una elegancia impresionante.

Al pasar por una tienda de accesorios masculinos de lujo, Vania se quedó mirando un pisacorbatas y unas mancuernillas de plata.

Aprovechando que Yago había ido a mirar otra vitrina, entró y los compró en secreto.

Quería agradecerle todas las atenciones que había tenido con ella últimamente y planeaba buscar el momento adecuado para dárselos.

Vania le pidió al empleado que guardara los pequeños y refinados estuches en su bolso.

Cuando encontró a Yago, él estaba frente al mostrador de damas hablando con una empleada.

Vania vio que había elegido un collar para mujer con un precio escandaloso. Pensó que lo estaba comprando para su novia y sintió una punzada de sana envidia.

—¿La señora Yáñez viene a recoger el collar? Ya se lo tenemos preparado.

Al darse la vuelta, Vania se topó de frente con una pareja.

El hombre vestía una camisa negra, llevaba el saco del traje sobre el brazo izquierdo y, de su brazo derecho, se aferraba una mujer de mentón alzado y aire arrogante, con un rostro frío pero innegablemente atractivo.

Por su parte, Vania y Yago, parados uno al lado del otro, también formaban una imagen deslumbrante, como una pareja de revista.

—Tráigalo —ordenó la mujer.

Cristina esperó a que la empleada abriera el estuche. En su interior descansaba un juego completo de joyas: aretes, collar y un anillo de diamantes.

Vania no esperaba encontrarse con Hugo y Cristina en una simple salida de compras.

Yago también los vio y murmuró en voz baja.

—Vamos por allá.

Sabía que Vania no quería verlos.

Pero Cristina fue más rápida. Con las joyas ya puestas, detuvo a Vania con la voz.

—Qué casualidad. ¿El director Leal también trajo a alguien de compras?

No tenía la más mínima intención de llamar a Vania por su nombre con respeto, y Vania tampoco tenía ganas de fingir cortesía.

La fría mirada de Hugo barrió a Yago y a Vania.

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