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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 252

—¿Acaso no es la verdad? —respondió Hugo.

Vania los observó en silencio, como quien mira a un par de perros cruzándose descaradamente en la calle, rompiendo toda decencia y buenas costumbres.

Tenía unas ganas inmensas de soltar una maldición.

¿Su matrimonio con Hugo era una fantasía?

¿Acaso este hombre estaba enfermo?

Vania se plantó junto a Yago, digna y sin bajar la mirada.

—No sé si el señor Yáñez tenga razón o no —dijo Vania con calma—, pero por más descarada que fuera, jamás me rebajaría a enredarme con el hermano mayor de mi propio esposo, como hacen ciertas mujeres. Y por muy ciego que estuviera el director Leal, jamás seduciría a su cuñada. Tampoco soy como la directora Cristina, que se divierte rompiendo hogares y todavía exige respeto.

Hizo una pausa, saboreando el impacto de sus palabras.

—Me temo que la que tiene delirios de fantasía no soy yo, sino la directora Cristina. Decirle al profesor Zavala en su cara que es la esposa de cierto hombre... eso sí que es estar enferma. Ah, por cierto, mañana es la fiesta de cumpleaños de doña Dolores, y qué lástima, pero resulta que yo también fui invitada.

Normalmente, Vania no perdía su tiempo discutiendo con gente despreciable, pero Cristina había cruzado la línea. Si la dejaba pasar, no se lo perdonaría a sí misma.

—Ya que la directora Cristina está tan segura de sí misma, mañana es el momento perfecto —continuó Vania con una sonrisa afilada—. Como ustedes dos son unos amantes tan sufridos, ¿por qué no aprovechan la fiesta de la abuela para hacer público ese amor suyo que conmueve hasta las lágrimas?

Vania no dejó de sonreír, una sonrisa que empezó a poner nerviosa a Cristina.

—Si no lo hacen público, a lo mejor me pongo de mal humor y se me suelta la lengua. ¿Verdad, señor Yáñez?

Vania lo miró con una advertencia clara en los ojos.

Si Hugo no era capaz de controlar a su mujercita para que dejara de provocarla, ella tampoco tendría piedad.

¿No decían que para ellos la reputación y el prestigio lo eran todo?

A ella ya no le quedaba nada de dignidad que perder. Si la arrinconaban, y ya que Hugo seguía dándole largas al divorcio, era capaz de llevar copias de su acta de matrimonio y repartirlas entre todos los invitados en la fiesta de doña Dolores.

El rostro, antes lleno de confianza de Cristina, ardió como si le hubieran dado una bofetada invisible.

Vania perdió el interés en ellos y se volvió hacia Yago.

—¿Nos vamos?

Yago, al ver que Vania no había revelado su verdadera identidad ni había reclamado el título de la esposa legítima en ese momento, decidió que, como alguien externo, no debía interferir en sus asuntos familiares.

El buen humor de Cristina se había esfumado por completo.

Miró con odio las espaldas de Vania y Yago mientras se alejaban.

—¿De verdad Yago se habrá fijado en Vania? Su origen no está ni de lejos a la altura de una familia con un peso político y militar como los Leal —murmuró con veneno.

Hugo mantenía el rostro frío. Había notado que Vania se detuvo un buen rato en la sección de accesorios masculinos antes. Apartó la mano de Cristina y caminó hacia allá.

Cristina, sin entender qué pretendía, se apresuró a seguirlo.

—¿Qué compró esa señorita hace un momento? —preguntó Hugo.

El empleado, que conocía bien a Hugo, no se atrevió a mentir.

—Señor Yáñez, la señorita Vania compró un pisacorbatas y unas mancuernillas de plata. Justo el modelo que a usted le gustó la última vez. Se llevó todo el juego.

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