Para no amargarle el día a la anciana, Vania decidió no decirle nada.
Por la tarde, Yago llamó para confirmar si Vania iría con él a la casona o si llegaría por su cuenta.
Vania aceptó de inmediato y le dijo que lo esperaría.
Hugo le había dejado muy claro que una de las cláusulas del acuerdo prenupcial era que nadie en eventos públicos podía enterarse de su relación.
La fiesta de cumpleaños de doña Dolores era un evento masivo, lo que entraba perfectamente en la categoría de público.
Ella solo estaba cumpliendo su parte del trato.
Por lo tanto, llegar con Yago no rompía ninguna regla entre ellos.
Además, planeaba aprovechar la ocasión para regalarle el pisacorbatas y las mancuernillas de plata como muestra de agradecimiento por todo su apoyo.
Luna ya había salido a comer con Vania y Yago en un par de ocasiones, e incluso él la había llevado a un parque de diversiones; los dos se llevaban de maravilla.
A veces, Luna se acercaba al oído de Vania y le susurraba.
—Mami, ¿puedo cambiar de papá?
Odiaba a Hugo. Ella quería a Yago.
Vania le acariciaba la cabeza con ternura y reía.
—Tu tío Yago es increíble, mi amor, pero él tiene novia.
Luna puso cara de profunda decepción.
En el fondo de su corazón, realmente no quería que Hugo fuera su papá.
Él nunca las había querido, ni a ella ni a su mamá.
Miró a Vania y, con la inocencia de una niña, soltó:
—Mami, ¿el tío Yago no puede terminar con su novia?
Justo en ese momento, Yago, que había llegado a recogerlas, escuchó el final de la frase.
—¿Terminar con quién?
Luna estaba a punto de responder cuando Vania le tapó rápidamente la boca y forzó una risa nerviosa.
—Escuchaste mal.
Luna, extrañada, se sentó en la parte trasera del auto y no dejó de mirar la nuca de Yago durante todo el camino. Pensaba seriamente en cómo convencer al tío Yago para que fuera su papá.
Mientras tanto, en la casa, Marta había escuchado el motor de un auto y salió pensando que era Hugo.
Pero se encontró con un hombre desconocido. Le pareció que era el mismo sujeto que había ido a buscar a la señora la última vez.
Marta se llevó un buen susto. ¿Acaso la señora Vania de verdad estaba saliendo con alguien y pensaba dejar al señor?
En cuanto Vania y Yago desaparecieron en la distancia, Marta llamó directamente a Hugo.
Hugo no tardó en llegar, pero para cuando estacionó, Vania ya llevaba más de diez minutos de haberse ido.
—¿Dónde está Vania? —preguntó, destilando hostilidad.
La abuela lo había llamado exigiéndole que llevara a Vania y a la niña a la casona, así que había trabajado toda la madrugada en la oficina para liberar su agenda. Jamás imaginó que ella se iría con otro hombre.
Después del espectáculo que Vania armó en el centro comercial, Hugo había decidido pasar por alto su insolencia, solo porque le había comprado un regalo.
Y ahora resulta que...
—La señora se fue hace un buen rato, señor.
Marta le relató todo con lujo de detalles e incluso le mencionó lo que la niña había dicho sobre querer que ese hombre fuera su papá.

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