Vania llevaba un vestido largo de punto en tono beige, acompañado de una elegante chaqueta de estilo clásico. Si no fuera por el collar que Yago le había regalado, su atuendo habría sido bastante discreto.
Sin embargo, su belleza era deslumbrante. Su piel radiante y sus curvas envidiables —producto de que últimamente estaba comiendo mejor por el embarazo— la hacían lucir completamente diferente a la figura delgada y frágil que solía tener.
Dondequiera que iba, despertaba miradas de admiración.
Yago se mantenía junto a madre e hija con una postura abiertamente protectora.
El hombre apuesto, la mujer hermosa y la pequeña Luna, con su actitud adorable, daban la perfecta impresión de ser una familia feliz.
Algunos invitados reconocieron a Yago de inmediato, pero pocos sabían quién era Vania.
Al fin y al cabo, el escándalo de su familia había ocurrido hacía cinco años. La familia Zapata había pasado del auge a la ruina y su lugar en la alta sociedad había sido ocupado por nuevos ricos hacía mucho tiempo.
Casi nadie la reconoció.
La mayoría asumió que Yago se había casado en secreto.
Los empleados de la casona, que inicialmente pensaban guiar a la señora Vania hacia doña Dolores, se quedaron paralizados ante semejante escena.
Sorprendidos por el enorme chisme que acababan de presenciar, corrieron a buscar a la anciana.
El mayordomo estaba acompañando a doña Dolores cuando un empleado entró tropezando en el salón.
—¡Señora, malas noticias! ¡La joven señora ha llegado!
El corazón de doña Dolores dio un salto de alegría.
—¿Ya llegó? Qué rápido. Haz pasar a Vania y a Hugo de inmediato. Ese muchacho testarudo por fin hizo algo bien.
La anciana dio por sentado que Hugo había traído a Vania y a la niña.
Hoy tenía planeado hacer un gran anuncio.
Vania llevaba cinco años en la familia Yáñez.
Internamente, ambas familias sabían que Vania era la esposa de Hugo.
Pero ese ridículo acuerdo prenupcial de hacía cinco años todavía le causaba dolor de cabeza a la anciana cada vez que lo recordaba.
Ahora, su paciencia con Cristina y el niño que había traído a la casa se había agotado por completo.
Sin importarle si Hugo estaba de acuerdo o no, doña Dolores había decidido que hoy anunciaría públicamente que Vania era la esposa legítima del heredero Yáñez.
El joven de la familia Leal ya había puesto sus ojos en su nieta política, y si no marcaba territorio pronto, aparecería un segundo pretendiente.
Solo ella sabía lo brillante y capaz que era esa muchacha.
Su nieto mayor simplemente tenía el cerebro nublado.
—No... el señor Hugo no vino con ella —balbuceó el empleado, a punto de llorar.
Doña Dolores frunció el ceño, extrañada.
—¿Entonces con quién vino?
—Es el joven de la familia Leal quien la acompaña, junto con la niña. El señor Hugo no aparece por ningún lado. Escuché a los invitados murmurar que la señora Vania es la esposa de Yago Leal, que llevan años casados y que él la tenía escondida porque la cuida demasiado.
»Dicen que quieren aprovechar que hoy hay mucha gente en su fiesta para hacer el anuncio oficial. Y para colmo, el patriarca de la familia Leal también está aquí, me temo que esto va en serio...

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