Cristina se quedó pálida, como si le hubiera caído un rayo. A su lado, Hugo frunció el ceño y le ordenó a Miguel, a quien le temblaban los hombros como si tuviera un ataque.
—Da la vuelta, vamos al hospital. El parque de diversiones tendrá que esperar.
Cristina y Hugo se apresuraron a llegar al hospital, mientras que Miguel se encargó de llevar a Xavier a casa de Sonia Salazar.
A fin de cuentas, no era adecuado que el niño viera a su abuelo en esas condiciones.
Los niños no tienen filtro, y si Xavier llegaba a decir algo en el kínder, sería un escándalo.
—Mamá, ¿qué pasó exactamente?
Cristina frunció sus perfectas cejas, y su mirada se desvió sutilmente hacia Hugo.
Elena lloraba con tanto desconsuelo que casi no podía respirar.
—Fue Vania. Intentó seducir a tu papá y como no pudo, lo lastimó de esta manera. Esa maldita... desde los dieciséis años supe que era una sinvergüenza.
—Busqué un momento en que tu papá no estuviera para que ella viniera. Pensé en el bienestar de su familia, pensé en lo difícil que ha sido para ella desde que murió su papá, y por eso te pedí que le devolvieras las acciones, para que ellas tomaran el control de su vida. ¡Y miren cómo nos paga! ¡Le clavó un cuchillo por la espalda a su propio tío!
Cristina no se atrevió a acercarse a ver la herida de Santiago. Como hija, no era apropiado ver una lesión en una zona tan íntima.
—Mamá, ¿no será un malentendido? ¿Cómo es posible que mi hermana...?
Cristina se mordió el labio con fuerza, pero se aseguró de hablar lo suficientemente alto para que Hugo la escuchara.
—Es imposible que mi hermana haga algo así. Después de todo, es su padrastro. Aunque no lo llame papá, al menos debe tenerle respeto. ¿Cómo pudo... hacer algo tan horrible? Seguramente es un error.
Mientras hablaba, Cristina lanzaba miradas furtivas hacia Hugo.
Hugo permanecía de pie en silencio. Parecía estar escuchando el relato de ambas mujeres, pero a la vez, daba la impresión de estar en otro mundo.
Cristina no lograba descifrar lo que pasaba por su cabeza.
Sus palabras de consuelo a su madre sonaban más bien a una defensa desesperada hacia Vania, como si quisiera calmar a Hugo.
Actuaba como si fuera incapaz de creer que Vania hubiera seducido a Santiago, pero cada vez que defendía a su hermana, no hacía más que hundirla más.
Elena estaba echa un mar de lágrimas.
—Esa maldita mocosa siempre ha sido así. A los dieciséis provocó a tu padre, y hace cinco años sedujo a tu prometido. Tú mejor que nadie sabes qué clase de mujer es.
—Si tuviera aunque sea la mitad de tu decencia, esto no habría pasado. ¡Lastimó a tu propio padre, y tú todavía la defiendes por el amor de hermanas!
Hugo seguía recargado en la pared, jugando perezosamente con su encendedor.
Después de un largo silencio, por fin habló.
—Si hay pruebas, llamen a la policía.
Elena se opuso tajantemente.
—¡No podemos llamar a la policía!


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