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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 275

Hugo tomó a Xavier en brazos, y Cristina se colocó a su lado de inmediato.

—Mamá, Xavier, Hugo y yo ya nos vamos.

La mente de Elena seguía clavada en el abrigo y el portafolios de Santiago sobre el sofá, y en los turbios ruidos que venían del cuarto de servicio.

La ansiedad la estaba consumiendo.

—Sí, hija. Vayan y diviértanse —dijo.

Esbozó una sonrisa que parecía más bien una mueca de agonía, solo quería que se largaran de una vez.

Quizá todavía estaba a tiempo de detenerlo.

¡Esa maldita de Vania!

Años atrás, había llevado a su hija mayor a vivir con ellos para restregarle en la cara la buena vida que llevaba, esperando que Vania le fuera con el chisme a la vieja amargada de la abuela Zapata y le diera un coraje.

Pero nunca imaginó que, a sus dieciséis años, Vania ya hubiera crecido hermosa como una flor fresca.

La había dejado quedarse a dormir, y a medianoche, ¡Vania se había atrevido a seducir a Santiago!

Solo de recordarlo, a Elena le temblaba el cuerpo de furia.

Si no los hubiera descubierto a tiempo, Vania se habría salido con la suya.

En aquella época, Santiago no era el hombre exitoso que era ahora.

Se había arrodillado ante ella llorando a mares, diciéndole la verdad.

Que Vania lo había provocado a propósito.

A Elena casi le dio un infarto de rabia.

Creía ciegamente en la lealtad y nobleza de Santiago; pensaba que él era incapaz de ser un mujeriego.

¡Y Vania era su propia hija!

Elena se había enamorado de Santiago cuando él apenas era el chofer de la familia Zapata.

Habían mantenido un romance secreto por años.

No fue hasta que falleció el padre de Vania que por fin pudieron casarse oficialmente.

Por lo tanto, Elena concluyó que Vania debía llevar en la sangre el gen de las busconas.

Sin mediar palabra, agarró a Vania del cabello y le dio una paliza brutal.

Por más que Vania le suplicó y trató de explicarle, Elena no creyó una sola palabra.

Esa misma madrugada, antes de que saliera el sol, echó a Vania a la calle con apenas dieciséis años.

Jamás le permitió volver a pisar esa casa.

Elena nunca hubiera imaginado que hoy, por azares del destino, Santiago volvería de viaje antes de tiempo.

¡Era un castigo divino!

—Mamá, tengo algo que decirte —Cristina notó que su madre estaba actuando extraño.

La jaló a un lado y charló con ella casi diez minutos antes de por fin subirse al auto de Hugo.

Apenas se alejaron, Elena echó a correr hacia la sala.

En el auto, Cristina miró por el espejo retrovisor. Hugo rompió el silencio con calma.

—¿Pasa algo?

Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Cristina.

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