—Lo sé, no se enoje.
Hugo aceptó de palabra, pero Doña Dolores no se conformó.
—¿De qué sirve que lo sepas? A mi niña Vania se la llevó con engaños la familia del viejo Zacarías. Una mujer tan maravillosa, y a pesar de saber que es tu esposa, toda esa familia se pelea por ella. Mientras yo, esta vieja, me dejo la vida intentando protegerla para ti, ¡tú vas y se la entregas en bandeja de plata, y encima la cambias por otra!
Doña Dolores estaba furiosa, le dolía la cabeza de la rabia.
No es que no supiera dónde estaba Vania, pero no tenía ninguna justificación para pedirle que regresara.
Su nieto era un completo imbécil; no se podía culpar a Vania por haber huido.
Hugo se quedó en silencio, dejando que la anciana lo regañara.
—¿Vas a compensarla con una boda? —preguntó Doña Dolores.
—Sí.
—¿Y el anillo de bodas? —insistió la anciana.
Hugo no dudó.
—Lo compraré.
La anciana lo miró fijamente.
—Déjate de estupideces, las palabras se las lleva el viento. Arréglalo ahora mismo. El vestido, el anillo, la casa, el banquete y las invitaciones, yo me encargaré de organizarlo.
La anciana miró a Hugo con resentimiento.
—Fíjate en lo importante que es Vania para la familia Leal. La fiesta que organizaron para reconocerla como su hija de crianza fue la sensación de Nueva Alborada, y ustedes me lo ocultaron. Me habré retirado a descansar en casa, pero no estoy ciega ni sorda.
La anciana se enteró del asunto dos días después del banquete y se quedó helada.
Su perfecta nieta política de repente era la hija de otra familia. Y todo porque Hugo no le había contado nada.
—No quería ocultárselo, solo temía alterarla.
La anciana le lanzó una mirada fulminante a Hugo.
—¿Y el divorcio no crees que me alteraría? Hasta me llamaron de arriba para pedirme que interviniera. ¿Te crees muy valiente actuando a mis espaldas?
Hugo se quedó callado.
—La familia Leal le ha dado a Vania un prestigio enorme. ¿Y tú, como su esposo, planeas esconderte como un cobarde?
Doña Dolores lo insultó hasta dejarlo sin palabras.

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