—Madrina...
Al darse cuenta de que Vania intentaba rechazar la oferta, la señora Leal la interrumpió de inmediato.
—Yago también irá mañana. No seas tímida con nosotros. Davisito es un niño de la familia Leal, comprarle cosas es algo que hago de todo corazón como su abuela. Por favor, no te niegues.
Yago se acercó para secundar a su madre.
—Es solo un detalle de mamá para su nieto. Si sigues actuando con tanta cortesía, pensaré que no nos consideras parte de tu familia.
Ante eso, Vania no tuvo más remedio que aceptar.
Hugo se quedó encerrado en su oficina todo el día, en absoluto silencio. Al atardecer, entró una llamada.
Él contestó. Al otro lado de la línea se escuchó una voz de mujer, fría y distante.
—¿Comandante Yáñez?
—Piso ochenta y ocho, oficina de presidencia. Miguel bajará por ti.
Sin decir más, Hugo colgó y esperó.
La mujer vestía ropa táctica ceñida al cuerpo, emanando un aura letal. Cuando Miguel la escoltó a través del Corporativo Yáñez, todos los empleados no pudieron evitar mirarla.
Llevaba el cabello negro y lacio cayendo perfectamente por su espalda, sin que un solo mechón se moviera fuera de lugar. Sus pasos eran precisos, calculados, como si midiera cada milímetro al caminar. Su rostro, limpio y sin una gota de maquillaje, era asombrosamente hermoso.
Tenía labios finos y una mirada afilada como una espada. Aunque era atractiva, desprendía una barrera de hielo absoluta que advertía a cualquiera que acercarse significaba la muerte. Bastaba una sola de sus miradas para que la gente retrocediera por instinto.
Miguel la condujo hasta la oficina de Hugo. Él estaba sentado en las sombras, con un cigarrillo en los labios. Su rostro estaba tenso, marcado por una violencia reprimida que dejaba claro que no estaba de buen humor.
La mujer se detuvo frente al escritorio y realizó un impecable saludo militar.
—Comandante Yáñez. Yara Quiroz presentándose para el servicio.
Hugo apagó el cigarrillo en el cenicero y clavó su mirada gélida en ella.
—Esta misión no se parece a ninguna que hayas hecho antes.
No había rastro de calidez en los hermosos ojos de Yara, y tampoco parecía importarle la naturaleza del encargo.
Había sobrevivido años en el Complejo X-I. Cada vez que salía a una misión, lo hacía asumiendo que no regresaría con vida.
—Entendido.
Hugo levantó una ceja, sorprendido por su falta de curiosidad.
—¿No quieres saber de qué se trata?
Yara lo miró con absoluta frialdad.
—Es irrelevante.
Hugo no dijo más y deslizó su teléfono sobre el escritorio hacia ella.
Yara le dio un vistazo a la pantalla. Su tono fue monótono.
—¿Quieres que lo elimine?
La mirada de Hugo se volvió glacial.

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