Con la promesa de Hugo, Cristina por fin se sintió tranquila para marcharse.
Ahora estaba más que segura de que el distanciamiento de Hugo se debía únicamente al exceso de trabajo en el Corporativo Yáñez.
Cuando César desapareció hace cinco años, Hugo enfocó toda su energía en el Corporativo Alba. Pero ahora que ella manejaba esa empresa con gran éxito, era lógico que él tuviera que regresar a arreglar el desastre que era su propio corporativo.
Satisfecha y con la cabeza en alto, tomó el elevador privado. Escoltada por la mirada respetuosa de los empleados, llegó a la planta baja.
Pero justo en la entrada, se topó de frente con Yara, que aún llevaba su ropa táctica.
Lejos de la mirada de Hugo, Cristina no tenía por qué fingir amabilidad.
Con sus tacones resonando sobre el mármol, caminó directamente hacia ella.
—¿Tratando de seducir a Hugo? Por si no lo sabes, yo soy su mujer.
Sin darle tiempo a Yara para responder, Cristina levantó la mano dispuesta a cruzarle la cara de una bofetada.
Pero los reflejos de Yara eran letales.
Se quedó completamente quieta. La mano de Cristina apenas había tomado impulso cuando Yara ya le había apresado la muñeca. Se escuchó un crujido espeluznante; el sonido de los huesos dislocándose. El grito agudo de Cristina hizo eco en todo el vestíbulo, suficiente para reventarle los tímpanos a cualquiera.
Yara dio un paso atrás, observando con absoluta frialdad cómo Cristina se desplomaba en el suelo, retorciéndose de dolor. Sus hermosos ojos no mostraban la menor pizca de piedad.
El auto que venía por ella ya estaba en la puerta. Yara no dijo una sola palabra. El chofer salió para abrirle la puerta, ignorando por completo a la mujer en el suelo, y con un tono de absoluto respeto dijo:
—Señorita Yara, por favor.
Yara asintió. Subió al auto con el rostro inexpresivo y el vehículo desapareció en la distancia.
Cristina temblaba incontrolablemente. Soportando un dolor punzante, sacó su teléfono y marcó el número de Hugo.
Timbró varias veces antes de que él contestara. Para ella, esos segundos se sintieron como una eternidad.
—¿Qué pasa ahora?
El tono de Hugo era helado. A Cristina apenas le salía la voz.
—Hugo... la desquiciada que estaba en tu oficina me rompió la muñeca. Me duele muchísimo.
La expresión de Hugo ni siquiera cambió. No mostró preocupación. En su lugar, hizo una pregunta cortante.

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