Aterrada de cruzar miradas con los Leal —y sobre todo con el abuelo, temiendo que la recordara y la mandara arrestar de nuevo—, Elena se escondió detrás de Cristina. Evitó cualquier contacto visual y se apresuró a buscar sus asientos en la tercera fila.
Era la primera vez que Paola asistía a un evento de ese nivel, y todo le parecía fascinante.
Al ver a la familia Leal ocupando los asientos principales, la envidia volvió a carcomer a Elena. Se inclinó hacia Cristina para murmurar veneno.
—¿Por qué Hugo no pudo conseguirnos asientos en la primera fila? Ahora esa mocosa arrastrada se está robando toda la atención.
Se rumoreaba que las piezas de la subasta de hoy eran verdaderas reliquias. Pertenecían a un heredero millonario que, tras la muerte de toda su familia, había recibido una fortuna incalculable. Pero gracias a malas inversiones, trampas de supuestos amigos y una severa adicción al juego, lo perdió todo y terminó enterrado en deudas. No le quedó de otra que liquidar la colección privada de su familia.
No había demasiada gente en el evento.
Pero los asistentes eran pesos pesados de la alta sociedad de la capital, gente que rara vez se dejaba ver en público. Solo familias con un estatus y un poder adquisitivo brutal tenían el privilegio de recibir una invitación.
La señora Leal se enteró del evento a través del exclusivo círculo de esposas de altos funcionarios y magnates.
Con la intención de conseguir una joya inigualable para el pequeño Davisito, movió sus influencias para estar presente.
Dada la intocable jerarquía de los Leal, era natural que se les asignaran los asientos de honor.
Pero Luciano y su esposa, desde la tercera fila, hervían de coraje.
Cristina, por su propio mérito, se había posicionado en las listas de multimillonarios. ¿Acaso no merecían estar en la maldita primera fila?
—Déjalos que disfruten sus cinco minutos de fama —susurró Cristina, con la mirada fría—. Falta muy poco para que Corporativo Alba salga a la bolsa de valores. Cuando eso pase, todo el mundo será testigo de mi verdadero poder.
Luciano, desde atrás, veía cómo Vania y Yago charlaban con familiaridad y cercanía. Una sombra de resentimiento y lujuria atravesó sus ojos.
La subasta comenzó. Los primeros artículos que el presentador mostró no generaron mucho impacto.
Eran pocas las piezas que de verdad llamaban la atención. Ni a Vania ni a la señora Leal les interesó nada de lo que salió. Paola, que no sabía absolutamente nada de antigüedades, solo abría la boca exageradamente cada vez que alguien decía que algo era 'raro', y se la pasaba señalando todo haciéndose la experta.
Luciano, que sí había pisado algunas subastas en el pasado, trataba de fingir indiferencia, pero por dentro estaba asombrado por las piezas únicas que estaban saliendo.


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