—Escúchenme bien, ya me confirmaron cuál es el reservado del señor Sandoval. Cuando entremos, tienen que ser muy cuidadosas con lo que dicen. Suplíquenle, lloren si es necesario, pero por lo que más quieran, no vayan a hacerlo enojar. ¿Entendido?
En la entrada del Restaurante El Mirador, Ricardo le repetía las instrucciones a su familia por enésima vez.
Alcira no se atrevía a decir ni una palabra, el miedo la tenía paralizada.
Elena tuvo que responder por ella.
—Amor, quédate tranquilo. Alcira sabe lo que hace, no vamos a echarlo a perder.
Pero Ricardo seguía con los nervios de punta. Si la niñita no hubiera provocado ese escándalo masivo en la competencia, no estarían mendigando ayuda a altas horas de la noche.
Alcira notó la mirada de reproche de su padre y sintió un hueco en el estómago. ¡Le estaba echando la culpa a ella!
¡Y todo por culpa de Roxana!
Si esa maldita hubiera dicho desde el principio quién era, ¡nada de esto habría pasado! ¡Pero no, tuvo que hacerse la víctima!
«Si yo me hundo, te juro que tú te hundes conmigo», pensó Alcira con rabia.
En las sombras del vestíbulo, Leandro vigilaba todo. Valeriano lo había enviado a montar guardia por si el descarado de Ricardo Maldonado se atrevía a aparecer para arruinar la velada.
Al principio, Leandro pensó que su jefe estaba exagerando. Con el agua hasta el cuello, ¿cómo iba a tener el descaro de asomar la cara? ¡Pero ahí estaban! ¡Y encima venía con toda la familia!
Sin perder un segundo, le envió un mensaje a Valeriano para advertirle.
En el interior del salón, Valeriano, que charlaba amenamente con Rafael, sintió vibrar su teléfono. Al leer la pantalla, su mirada se volvió helada por una fracción de segundo.
Sin embargo, su rostro mantuvo una calma imperturbable cuando levantó la vista.
—Tío Rafael, le ofrezco una disculpa. Debo ausentarme un momento.
—Claro, hijo, adelante. Aquí te esperamos para seguir platicando —respondió Rafael con una sonrisa cordial.
Al girar la cabeza, Rafael notó que Roxana estaba muy concentrada mirando su teléfono, mientras el resto de la mesa conversaba.
Buscando una excusa para acercarse, le preguntó suavemente:
—Mi niña, ¿estás jugando algo?
Roxana levantó la mirada y, al ver que Valeriano ya no estaba en la mesa, asintió.
—Sí, un poco.
Rafael se asomó con curiosidad, tratando de entender la pantalla.
—¿Y de qué trata el juego?


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