Otilia le dijo algo y Gabriel la abrazó con ternura.
A Isabella todavía le dolió un poco. Al fin y al cabo, era el hombre que había amado y la mujer que creía su mejor amiga. Nadie podría aceptar una traición así de la noche a la mañana.
Pero ella no era de las que se dejan vencer, de las que sienten que el mundo se les viene encima y no pueden seguir. Para ella, solo había una regla: su esfuerzo debía ser recompensado. Y si no lo era, o peor, si la traicionaban de esta manera, entonces se encargaría de hacer justicia por su propia mano.
Respiró hondo, se enderezó y caminó con decisión hacia ellos.
—¿Amor?
Al oír su voz, ambos se quedaron paralizados. Gabriel fue el primero en reaccionar y empujó a Otilia bruscamente.
Otilia, sorprendida, trastabilló.
—¿Ustedes? —preguntó Isabella, fingiendo no saber nada.
—Yo… vine a recogerte y me encontré a Otilia en la puerta. Estaba… estaba llorando y yo solo…
—¿Solo la abrazabas para consolarla?
Gabriel se acercó rápidamente a Isabella y le susurró:
—Ella se me echó encima. Justo cuando iba a apartarla, saliste tú.
—¿En serio?
—¿Acaso no confías en mí?
Isabella guardó silencio un momento.
—Claro que confío en ti. Y también en Otilia.
Se acercó a Otilia y le tomó la mano.
—Pegarte antes también me dolió, pero esa bofetada fue para que despertaras, para que no destruyas una familia, para que no seas la amante de nadie. ¿Entiendes mis buenas intenciones?
A Otilia todavía le dolía la mejilla, pero solo pudo decir con voz forzada:
—Yo… de verdad no sabía que estaba casado. Si lo hubiera sabido, jamás habría hecho algo así.
—Ay, es que antes me dejé llevar por la rabia. Sé perfectamente qué clase de persona eres. Eres decente, buena y honesta. ¿Cómo ibas a hacer algo tan descarado? La culpa es de ese basura de Nicolás. Teniendo esposa y seduciendo a otras mujeres, ¡qué asco de hombre!
Isabella hablaba animadamente, pero ni a Gabriel ni a Otilia les hacía la más mínima gracia.
Con mucho entusiasmo, Isabella metió a Otilia en el carro, diciendo que la llevarían a casa primero. Ella se sentó en el asiento del copiloto.
Gabriel condujo. Al principio se sentía incómodo, pero se acostumbró rápido. Al fin y al cabo, ya habían viajado los tres juntos antes. La culpa o el remordimiento eran cosas que habían dejado atrás hacía mucho tiempo.
Otilia se adaptó aún más rápido. De hecho, ya estaba celosa de que Isabella estuviera en el asiento del copiloto.
Ella era la señora Ibáñez, ese lugar le pertenecía.
Isabella fingió no darse cuenta de nada y bromeó con ellos durante todo el camino.
Pero cuando el carro se detuvo en un semáforo en rojo, se agachó y recogió algo del suelo. Su rostro se ensombreció de inmediato.
—Gabriel, ¿cómo te atreves a dejar que otra mujer se siente en este lugar? ¿Me estás engañando?
Levantó el labial que tenía en la mano y le gritó.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...