Gabriel se sobresaltó y, por instinto, miró a Otilia por el retrovisor.
Otilia, sintiéndose culpable, bajó la cabeza sin atreverse a decir nada.
—Hace unos días, mi asistente usó el carro. Seguro que él dejó que alguien se sentara aquí. Mañana mismo lo voy a regañar —dijo Gabriel, tratando de sonar relajado.
—¿De verdad?
—Si quieres, le digo que mañana vaya a buscarte para explicártelo.
—No, no hace falta.
—Amor, puedes dudar de cualquier hombre en el mundo, pero no de mí. Porque a la que más amo es a ti.
—¿La que más amas? ¿Acaso amas a alguien más?
—Me expresé mal. Quise decir que solo te amo a ti.
Isabella fingió que se lo había creído y se puso a examinar el labial con alegría.
—Oye, esta marca es la que usa Oti.
El corazón de Otilia dio un vuelco.
—¿Ah, sí?
—Sí. Parece que la novia de tu asistente, Gustavo, tiene buen gusto.
***
Al llegar al lujoso complejo de apartamentos donde vivía Otilia, Isabella dijo que no se quedaba tranquila y le pidió a Gabriel que la acompañara hasta su puerta.
Mientras subían, Isabella se quedó mirando la ventana del apartamento de Otilia, que no tardó en iluminarse.
Entrecerró los ojos. ¿Qué estarían haciendo esos dos ahí arriba?
Probablemente abrazándose para calmar los nervios. El viaje la había puesto a prueba con sus sustos y sorpresas, y ambos debían de estar sudando frío.
Pero para no levantar sospechas, Gabriel no se quedó mucho tiempo y bajó enseguida.
Regresaron a casa en el carro. Cuando se estacionaron en el garaje subterráneo, Isabella se sentó a horcajadas sobre las piernas de Gabriel.
—Mi amor, ¿cuánto tiempo ha pasado desde la última vez?
Su largo cabello se deslizó y le rozó la cara.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...