Al salir del trabajo, Otilia alcanzó a Isabella y la tomó del brazo por detrás.
—La señora me acaba de llamar, quiere que vaya a su casa a cenar.
La «señora» a la que se refería Otilia era Diana. Ambas solían montar el numerito de «madre e hija unidas» delante de ella.
«Desde que vi a Oti por primera vez, me cayó de maravilla».
«Si yo tuviera una hija tan buena y considerada como Oti, sería una bendición de varias vidas».
«Oti es un verdadero bálsamo para mi corazón. Si Gabriel la hubiera conocido a ella primero, quién sabe, a lo mejor Oti sería mi nuera. Ay, ya mejor no digo más, que luego cierta persona se pone sensible».
Esas frases eran prácticamente el lema de Diana. Decía que temía que Isabella se sintiera mal, pero no perdía oportunidad para repetirlas.
—Ah, qué bien —respondió Isabella, levantando una ceja con una sonrisa.
De vuelta en la mansión Ibáñez, justo cuando Isabella iba a abrir la puerta, esta se abrió desde adentro.
Seguramente Diana había escuchado el ruido del carro, porque salió a recibirlas con una cara de felicidad total.
—¡Oti, qué bueno que llegaste, ya me moría de ganas de verte!
—¡Señora, yo también la extrañaba muchísimo!
Las dos, ignorando por completo a Isabella, se abrazaron. Entre «te extrañé» y «yo también te extrañé», parecían más unidas que una madre y su propia hija.
—Hice el estofado de res con piña que tanto te gusta y un guiso especial de mariscos. Ah, y también preparé un caldo de gallina, lleva toda la tarde en el fuego.
—Me encanta cómo cocina, es usted tan buena conmigo.
—Tienes que comer mucho esta noche para que el bebé reciba todos los nutrientes.
—Voy a comer hasta reventar.
El comentario de Otilia hizo reír a Diana, quien la tomó del brazo con cariño y la guio hacia adentro.
Isabella se vio forzada a presenciar aquella actuación magistral. Cuando por fin entró, las dos ya estaban sentadas en la sala, platicando con tanto entusiasmo que pensó que sería una verdadera lástima que no fueran suegra y nuera de verdad.
Desde que llegó a la puerta de su propia casa, la habían hecho a un lado. Como si se hubieran puesto de acuerdo, ninguna de las dos le dirigió la mirada, actuando como si no estuviera allí.
Isabella soltó una risa burlona y decidió subir a cambiarse de ropa.
***
Era demasiado… abstracto.
Cuando Gabriel regresó y la vio sola arriba, le preguntó con curiosidad por qué no bajaba a platicar con su mamá y con Otilia.
—Ellas dos están en su momento de «madre e hija unidas». Si bajo yo, se arma la guerra de suegra contra nuera —dijo ella en tono de broma.
Gabriel se quitó el saco y se acercó para besarla.
—Tu mamá sabe que Otilia está embarazada. ¿Tú se lo dijiste?
Al oír eso, Gabriel se sintió culpable de inmediato. Tan culpable que hasta se olvidó de besar a Isabella y se apresuró a entrar para cambiarse.
—Creo… creo que sí fui yo.
Isabella esbozó una sonrisa torcida. «Diana y Otilia son uña y mugre, ¿y no se le ocurre que pudo habérselo contado la misma Otilia?».
Definitivamente, cuando a uno le remuerde la conciencia, el cerebro deja de funcionar.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...