Al oír eso, la secretaria a su lado se sobresaltó.
—¿Es usted del Grupo Domínguez?
Isabella le dedicó una sonrisa de disculpa a la secretaria y luego miró a Jairo.
—Espero que el señor Crespo pueda darme un momento. Quisiera hablar con usted sobre una posible colaboración.
Jairo finalmente dejó los documentos y levantó la vista hacia Isabella. Aunque su rostro fino no mostraba expresión alguna, sus ojos la miraban con una frialdad penetrante.
No era solo enojo, parecía estar conteniendo algo más.
En cuanto Isabella vio el rostro de Jairo, recordó de inmediato la noche en que estaba borracha, babeando y mirándolo con lascivia mientras le preguntaba: «Oye, guapo, ¿cuánto por una noche contigo?».
«¿Cuánto por una noche…?».
Isabella bajó la cabeza rápidamente y cerró los ojos con fuerza, intentando borrar ese recuerdo, pero no pudo.
—¿Qué traes en la mano?
—¡Una tortuga!
—…
—Ejem, quiero decir, una tortuga de río. El doctor Estrada me pidió que se la trajera, señor Crespo.
Jairo entrecerró los ojos.
—Me refiero a lo que tienes en la otra mano.
—Ah, claro. —Levantó la otra mano de inmediato—. Su camisa. Ya la lavé.
Se acercó y dejó la bolsa con la camisa sobre el escritorio. Después de pensarlo un poco, puso la bolsa con la tortuga al lado.
—¿También te gusta beber por las mañanas? —preguntó Jairo, levantando una ceja.
—¿Eh? No he bebido nada.
—¿Ah, no? Pues a mí me parece que no andas muy despierta.
Isabella parpadeó. Se estaba burlando de ella, ¿verdad?
—¿A qué te refieres exactamente?
—Para empezar, el plan de nuestro corredor comercial ya está aprobado, y modificarlo requeriría presentarlo de nuevo. Además, ya tenemos un centro comercial grande, así que no hay necesidad de asociarnos con el de ustedes; no nos aportaría nada y, al contrario, generaría competencia para el nuestro. También, la ubicación de nuestro edificio de oficinas fue una decisión muy estudiada; lo definimos como un espacio para una sola persona, dirigido a trabajadores independientes. La vista al río desde esa ubicación será uno de nuestros principales atractivos. Y además…
La secretaria habló largo y tendido, enumerando prácticamente todas las desventajas de una colaboración entre el Grupo Crespo y el Grupo Domínguez. Isabella memorizó cada punto.
Cuando la secretaria terminó de hablar, vio la mirada astuta de Isabella y tuvo la sensación de que la habían engañado.
—Si logramos convertir todas estas desventajas en ventajas, ¿entonces sí habría una posibilidad de que nuestras empresas colaboren? —preguntó Isabella, esta vez mirando directamente a Jairo.
Los ojos de Jairo se oscurecieron.
—Acompáñala a la salida.
Esta vez, Isabella no insistió. Sin embargo, le dio una última recomendación.
—Esa tortuga… bueno, póngala en el refri. Si no, con este calor, para cuando se la lleve a su casa en la noche ya va a estar apestando.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...