El cielo, sin previo aviso, empezó a descargar una lluvia torrencial. Isabella, sin saber cómo, ya estaba de vuelta en su carro.
Miró el hospital frente a ella y su mente la transportó a aquel día, tres años atrás.
—Tu mamá fue a buscarte, ¿cómo es posible que no sepas dónde está?
Había dormido durante días, aturdida por el accidente. Ese día apenas despertaba. Al recibir la llamada de su padrastro, revisó su celular y vio un mensaje de su madre de hacía cinco días. Le decía que había venido a Nublario a verla, que la esperaba en el parque donde solían jugar cuando era niña.
Ya habían pasado cinco días.
Isabella intentó llamar a su madre, pero no contestaba. Se levantó de la cama y salió corriendo.
—Señorita Quintero, acaba de despertar, sus heridas no han cerrado. ¡No puede levantarse, y mucho menos salir del cuarto! ¡Está lloviendo, es muy peligroso!
Ignoró las advertencias de la enfermera, salió a toda prisa del edificio del hospital y, bajo la lluvia, se subió a un taxi.
El parque no era grande. Corrió unos cuantos pasos y la vio, sentada en una banca.
Llovía a cántaros, pero ella estaba ahí, inmóvil…
—Mamá, ¿qué te pasa? ¿No ves que está lloviendo a mares? ¿Por qué no buscaste un lugar para resguardarte?
—Si no podías contactarme, ¡hubieras regresado a casa! ¡Yo te habría ido a ver después!
—¿Creíste que seguía enojada contigo? Ya no, mamá, hace mucho que no… es solo que no sabía cómo volver a casa…
—¡Mamá! ¡Mamá! ¿Por qué tienes los ojos cerrados? ¡Ábrelos y mírame!
Un chirrido de llantas la sacó de sus pensamientos.
Isabella frenó en seco, con el rostro lleno de pánico. Tomó el paraguas del asiento del copiloto y corrió desesperadamente hacia el parque.
¡Mamá todavía la estaba esperando!
¡Todavía!
—¡Qué haces aquí, fingiendo que te importa!
Un joven alto apareció de repente, corriendo bajo la lluvia, y la empujó con fuerza.
Isabella, desprevenida, cayó al suelo. El golpe la devolvió a la realidad.
Levantó la vista hacia el joven, que la miraba con furia. Desvió la mirada, sin atreverse a sostenerla.
—¡No tienes cara para venir a verla! ¡Por tu culpa, se fue con ese enorme vacío! ¡Isabella, te odio, te voy a odiar toda mi vida!
Isabella se levantó, aturdida, y caminó con la cabeza gacha.
Se había equivocado, lo sabía profundamente, pero ya no podía hacer nada.
Solo cuando estuvo de vuelta en el carro, tuvo el valor de levantar la vista y mirar a Leandro Muñoz, su hermano por parte de madre. Antes, se llevaban muy bien.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...