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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 52

Isabella sabía perfectamente de lo que era capaz Otilia.

—Corre la voz, que otras empresas empiecen a contactarnos.

Antes de que Isabella se fuera de la empresa, la gente del Grupo Triunfo empezó a llamar a Emilio sin parar. Él no contestó ni una sola llamada. Cuando llegó al estacionamiento subterráneo y se subió a su carro, el carro de Gabriel se estacionó justo frente al suyo.

Gabriel bajó del asiento del conductor y Otilia del de copiloto. Él, con una expresión de urgencia; ella, de pánico.

—¡Papá te confió un proyecto tan importante porque confiaba en ti, y tú lo arruinaste! —le gritó Gabriel a Otilia.

Otilia, con los ojos enrojecidos, respondió:

—Yo confiaba mucho en mi diseño. No sé por qué no les gustó. ¿Quizá solo nos están poniendo trabas?

—¡Ya están buscando otra empresa de remodelación! ¿Te parece que eso es poner trabas?

Al oír eso, Otilia se encogió y no se atrevió a decir nada más.

Los dos subieron apresuradamente por el elevador, sin darse cuenta de que el carro de Isabella estaba ahí.

Isabella esbozó una sonrisa y, al salir del Grupo Domínguez, fue a una de sus cafeterías favoritas. Antes, por el trabajo, nunca tenía tiempo para disfrutar de un buen café, pero ahora no solo tenía tiempo, sino también un excelente humor.

Solo de pensar en cómo estarían los tres Ibáñez y Otilia, con el agua hasta el cuello, no podía evitar reírse.

Pasó una tarde agradable en la cafetería y, justo cuando se iba, Gabriel la llamó.

—Bella, no importa dónde estés, ¡ven a casa ahora mismo, pasó algo grave!

—¿A casa? ¿Cuál es mi casa?

—¡No es momento para berrinches, regresa ya!

—No tengo tiempo, no importa a dónde tenga que ir.

—¿Cómo que no tienes tiempo? ¿En qué estás tan ocupada?

—Sí tengo cosas que hacer, estoy planeando unas vacaciones.

Al otro lado del teléfono se oía la respiración agitada de Gabriel. Seguramente estaba tan enojado que no podía ni hablar.

—Bella… te lo ruego.

—¡No te vayas! —Diana se apresuró a detenerla. Se tragó su enojo y forzó una sonrisa—. Bella, ¿cómo crees que mamá se va a enojar de verdad contigo? Lo pasado, pasado está. Ya no te guardo rencor.

—Que usted no me guarde rencor es porque es muy generosa, pero yo soy rencorosa. A mí sí me gusta guardar rencores. —Isabella hizo ademán de irse de nuevo.

—Mamá se equivocó. No debí gritarte ese día, ni correrte de la casa. Hice mal, así que ya no… ya no te enojes, ¿sí? —dijo Diana, apretando los dientes.

—Pero todavía me siento un poco triste.

—Bella, te prometo que te compensaré, ¡pero ahora tienes que ayudar a la empresa a resolver este gran problema!

Gabriel, apurado, empujó a Isabella hacia la sala. Al verla, los ojos de Otilia brillaron con envidia.

Raúl también se sintió extremadamente incómodo al verla. Tosió y se ajustó los lentes.

Isabella, al verlos así, se sintió de maravilla por dentro.

¿Anoche no eran la familia feliz? ¿Hoy ya no podían sonreír?

***

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