Para asegurarse de que tuviera una entrada espectacular, Diana hizo que Otilia se probara varios vestidos y le cambiaran el maquillaje varias veces. Al final, eligieron un vestido largo de chifón blanco, con escote palabra de honor, vaporoso y ligero, con una gran flor blanca en la cintura que acentuaba su delgada figura y le daba un toque de elegancia.
Diana incluso contrató a un estilista que le hizo unos rizos finos que caían sobre sus hombros. Con un collar de perlas, lucía sofisticada, etérea y con un aire de nobleza.
—Oti, mírate, qué hermosa. Es que nunca te arreglas, por eso cierta persona siempre te opaca.
Isabella se quedó sin palabras. Estaba sentada tranquilamente en su propia casa, ¿y aun así le echaban la culpa?
Otilia se miró al espejo, muy satisfecha, y dijo tímidamente:
—No sé si a Gabriel le gustará.
—Seguro que le encanta.
Las dos empezaron de nuevo con su escena de madre e hija. Isabella miró la hora; ya era tarde, así que subió a su cuarto.
Sacó del armario un vestido largo de tirantes color vino, se recogió el pelo de forma casual, se puso dos collares de diamantes de diferentes largos y se maquilló discretamente. Así, bajó.
Justo cuando bajaba, Gabriel entró.
Al verla, se quedó deslumbrado por un instante, pero la ira volvió a encenderse en él.
—¡Para la fiesta de esta noche, no pensaba llevarte!
Isabella arqueó una ceja.
—¿Y no puedo ir yo sola?
—Ja, es la fiesta anual de Arquitectura Rodríguez. Solo invitan a la gente más importante de Nublario. ¿Crees que sin mí vas a poder entrar? —dijo él con frialdad.
Isabella reflexionó un momento y dijo a propósito:
—¿Entonces me llevas tú?
—¡Ni lo sueñes! —rugió Gabriel—. ¡Me engañaste con otro, me pusiste el cuerno! ¡No te voy a perdonar!


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...