—En fin, ¡la familia Ibáñez no quiere una nuera como tú! ¡Gabriel, si no te divorcias de ella, también te largas de la familia Ibáñez!
Dicho esto, Diana tomó a Otilia y se dirigió a la salida.
En la puerta, Diana pareció recordar algo.
—¡Y esta casa, aunque sea rentada, te prohíbo que le pagues la renta!
—¡Ni siquiera puede tener hijos y se atreve a vivir en un lugar así!
—¡Esta es mi casa! —gritó Isabella, incapaz de contenerse más—. ¡Lárguense todos de aquí!
Estaba verdaderamente furiosa. ¡No se podía ser tan abusivo!
—Gabriel, tu mamá quiere que me divorcie de ti, ¿no? ¡Pues nos divorciamos! ¡El que no cumpla, que lo atropelle un carro al salir!
El rostro de Gabriel estaba lívido.
—¿De verdad crees que no soy capaz de divorciarme de ti?
—¡Si ya tienes a otra, claro que eres capaz, cabrón!
—¡Isabella!
—¡Gabriel, aunque yo tuviera otro hombre, tú me engañaste primero!
Gabriel la miró fijamente.
—Te vas a arrepentir, pero no te perdonaré. ¡Lo nuestro se acabó!
—¡Eso debería decirlo yo! —Isabella respiró hondo, con una mirada decidida—. ¡Gabriel, tú y yo terminamos! ¡A partir de ahora, cada quien por su lado!
Los ojos de Gabriel vacilaron. Era evidente que no esperaba que las cosas llegaran a este punto.
Pero él era un hombre. Isabella no solo le había puesto el cuerno, sino que además lo humillaba. ¡No podía soportarlo!
—¡Bien! ¡Cada quien por su lado!
Dicho esto, Gabriel se dio la vuelta y se fue a grandes zancadas.
Isabella sintió que se le nublaba la vista por la rabia. Se apoyó en la barandilla de la escalera, tratando de recuperarse.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...