Isabella quiso perseguirlo, pero Jairo la detuvo.
—No es seguro aquí, vámonos.
Ya en el taxi, Isabella pudo respirar tranquila. Revisó que ella no tuviera heridas y luego chequeó a Jairo; él también estaba bien.
—¿Has ofendido a alguien últimamente?
—¿Yo? —Isabella parpadeó—. Creí que el ataque era contra ti.
—Nadie tiene esas agallas —dijo Jairo.
Isabella lo pensó y tenía razón. ¿Quién querría complicarse la vida metiéndose con Jairo? Lo de esta noche, a lo mucho, fue el tipo del traje blanco intentando tenderle una trampa barata, y ya su propio padre lo había regañado por imbécil; los hechos demostraban que, efectivamente, no tenía cerebro, pues terminó siendo él el atrapado.
Pero si el ataque era contra ella…
Isabella reflexionó un momento y sacó apresuradamente el celular roto de su bolso.
—¡Tienes que ayudarme a recuperar los datos de aquí! —le dijo a Jairo.
Jairo miró el teléfono y luego a Isabella. Se quedó en silencio un momento.
—¿Por qué tendría que ayudarte?
Isabella no encontró una razón por la que él *tuviera* que hacerlo, así que se dio la vuelta, molesta.
—¡Pues no me ayudes, deja que me maten a machetazos entonces!
Había sido una noche muy larga. Cuando llegaron al laboratorio de Grupo Crespo, ya estaba amaneciendo.
Isabella no tenía mucho sueño, pero sí un hambre voraz.
Fueron al comedor de empleados. Como aún no servían el desayuno, pidieron que la cocina les preparara algo rápido.
Para comer pronto, unos fideos eran lo más práctico.
La comida salió rápido. Jairo fue a la barra de condimentos. Isabella esperaba en la mesa, recordando la escena del motociclista en la zona de bares.
Seguramente era gente de Ivana. Si quería matarla, significaba que en ese celular había información muy importante que la aterrorizaba.
Jairo regresó con dos tazones y puso uno frente a ella.
Isabella, con el estómago pegado a la espalda del hambre, tomó los cubiertos y dio un gran bocado. Jairo había preparado los condimentos a la perfección, justo como a ella le gustaban. Comió otro poco y entonces recordó algo; miró el tazón y confirmó que no tenía cebolla.
Él recordaba que ella no comía cebolla. Así que la última vez en casa, se la había puesto en el plato a propósito.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...