Ahora sí creía que ese señor era el papá de Rocío, porque era igual de insoportable que ella.
—Señor Prado, por favor, pase —dijo el maestro, notando la tensión.
Facundo vio que llegaban más padres, así que recuperó la compostura, le lanzó una mirada profunda a Carlota y entró.
Rocío le hizo una mueca a Carlota.
—Mi mamá me dijo que eres una bastarda que tu mamá tuvo con un cualquiera. ¡No tienes papá! ¡Quiero ver cómo le haces para inventarte uno hoy!
Carlota levantó el puño, lista para soltarle un golpe, pero Rocío corrió antes de que pudiera alcanzarla.
La niña se quedó esperando. El señor Crespo se estaba tardando mucho.
Isabella llegó corriendo con Lucas y Samuel. En cuanto vio a Carlota, soltó a sus hijos y fue a abrazarla.
—¡Princesa! ¡Te extrañé horrores!
Carlota rodeó el cuello de Isabella con sus bracitos y le plantó un beso tronado en la mejilla.
—Isabella, yo también te extrañé mucho.
Isabella la cargó y la sopesó.
—¿Bajaste de peso?
—Mi mamá me puso a dieta.
—Cada gramo de nuestra princesita vale oro, ¿cómo que a dieta? Al rato me ajusto a tu mamá.
Carlota le dio otro beso.
—Isabella es la que más me quiere.
Isabella bajó a la niña.
—Vámonos, tu mamá me llamó. Hoy vas a estar conmigo.
Pero Carlota negó con la cabeza.
—Tengo que esperar a una persona.
—¿A quién?
—A un señor. Él me va a cuidar hoy.
Isabella se quedó extrañada.
—¿Qué señor? Tu mamá no me dijo nada.
—Es el señor Crespo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...