Isabella respiró hondo y entró en la habitación. Vio que Marcela estaba llorando en silencio. Al verla entrar, se secó las lágrimas rápidamente y le dio la espalda, como si no quisiera hablar con ella.
—Usted dice que no se equivocaría al reconocer a su hijo, ¿acaso cree que Jairo se equivocaría al reconocer a su propio hermano?
Marcela giró la cabeza con el rostro serio.
—¿Qué quieres decir?
—Tengo fotos de Óscar y del vagabundo, puede compararlas.
Isabella puso las dos fotos frente a Marcela al mismo tiempo.
Marcela dudó un instante, pero terminó tomando las fotos y comparándolas con atención.
—Parece que de verdad no son la misma persona.
—Aunque se parecen un poco, claramente no son el mismo.
Isabella vio que Marcela asentía y estaba a punto de suspirar aliviada cuando ella preguntó:
—¿Este es Óscar?
Isabella se quedó pasmada.
—Claro.
Marcela volvió a mirar la foto detenidamente.
—¿Así se ve? Siento que… no se parece a él.
Isabella apretó los labios. Esa foto la había tomado Leandro Muñoz con su celular hacía seis años; cuando se la enviaron, ella la imprimió.
¿Cómo no iba a parecerse?
—Recuerdo que tenía el pelo muy largo.
—Se lo cortó después.
—Le encantaba usar ropa rosa.
—No le gustaba el rosa.
—Era muy blanco de piel.
—Después de jugar basquetbol un tiempo, ya no estaba tan pálido.
—Pues a mí me gustaba más como se veía antes, no como una niña.
Isabella respiró profundo.
—Se vestía así por usted.
Al día siguiente por la tarde, después de que le pasaran el suero a Marcela, la sacaron del hospital.
El coche se dirigió hacia las afueras de la ciudad. Marcela no sabía a dónde la llevaban, pero no preguntó, hasta que llegaron a la entrada del cementerio.
—¿Planean que elija mi propia tumba?
Jairo se giró desde el asiento del conductor para mirar a Marcela.
—Querías ver a Óscar. Te he traído a verlo.
Marcela miró hacia el cementerio y soltó una risa nerviosa.
—¿Me trajiste aquí para verlo? Él no puede vivir aquí, ¿verdad?
—Sí, él vive aquí.
Jairo bajó del auto y abrió la puerta trasera.
La sonrisa de Marcela se congeló al escuchar a Jairo decir que Óscar vivía ahí. No bajó del auto, sino que miró a Jairo con pánico.
—Jai, ¿qué quieres decir? ¿Cómo va a estar Osqui aquí?
—Esto es un cementerio. Aquí es donde están los muertos.
—No asustes a mamá, sácame rápido de aquí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...