Jairo soltó una risita. Si fuera cualquier otra persona mostrando sus intenciones de forma tan obvia, no le daría el gusto, pero…
—Está bien.
Pero tratándose de Isabella, tres minutos, cinco o incluso más, no importaba.
***
Cuando el coctel terminó, Isabella no había probado ni una gota de alcohol, así que el plan de pedir un conductor designado quedó descartado.
Al irse, no vio a Jairo, lo que la inquietó un poco. Quería haber insistido en lo de los “cinco minutos”, que para ella era muy importante.
Llegó al estacionamiento y se dirigió a su carro, pero de la nada apareció Gabriel.
—Bella, llevo un buen rato esperándote. Vámonos juntos a casa.
Isabella miró a su alrededor. No vio ni a los señores Ibáñez ni a Otilia; seguramente ya se habían ido.
—Tu casa y la mía no son la misma, así que mejor no nos vamos juntos —dijo ella mientras desactivaba la alarma, dispuesta a subir.
—Bella, te juzgué mal. Te pido una disculpa —dijo Gabriel, sujetándola de la muñeca.
Isabella se soltó.
—No es necesario.
—Bella, si me puse celoso es porque te amo, porque me importas. Puedes entenderme, ¿verdad?
—No puedo, ¡y tampoco quiero entenderte!
—Fue un malentendido. Ahora que se aclaró, no volvamos a hablar del tema.
Isabella bufó. Qué fácil lo decía él.
—Oye, ¿de quién es ese saco que traes puesto?
—¡No es asunto tuyo!
Isabella estaba de buen humor esa noche y no quería que Gabriel se lo arruinara. Dejó de hacerle caso, abrió la puerta y se sentó en el asiento del conductor. Pero en ese momento, Gabriel abrió la puerta del copiloto y se sentó a su lado.
Se frotó la frente.
—Bebí bastante esta noche, estoy un poco mareado. Cuando lleguemos a casa, prepárame un té para la resaca.
—¡Bájate!
Gabriel fingió no oírla. Le tomó la mano y le dijo con un tono sugerente:



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...