—Bella, papá... papá...
—No expliques nada. No me interesa.
Rafael frunció el ceño con angustia.
—No digas eso, papá ya se siente muy culpable.
—¿Culpable por no amarme?
—Bella...
Un destello de triunfo cruzó el rostro de Adriana. Decidió aprovechar la oportunidad.
—Papá, no quiero volver a dejarte nunca más. Seamos una familia unida, no nos separemos, amémonos como antes, ¿sí?
Esta vez, Rafael no dudó y empujó a Adriana lejos de él.
—Tú y tu madre casi me matan, ¿crees que puedo perdonarlas?
—Papá, me equivoqué.
—¡No me llames papá!
—De verdad me equivoqué, no quiero irme al extranjero. —Adriana se tiró al suelo llorando desconsoladamente—. Nuestra casa allá es una ruina, mamá y yo tenemos que trabajar solo para comer, hace tanto frío que por las noches no podemos ni dormir...
—¡No haberlas metido a la cárcel ya fue demasiada benevolencia de mi parte!
—¡Papá!
—¡Lárgate!
—¡Rafael, deja de ser tan hipócrita! Si llegamos a esto fue porque tú nos orillaste —Ivana también apareció. Probablemente había venido a buscar a Adriana y escuchó todo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...