Jairo casi escupe el trago. Dejó la botella apresuradamente y fue a grandes zancadas para detener a Samuel, que ya estaba tocando todo.
—¿Quién los trajo?
—Pues mamá, ¿quién más? —Lucas hizo una pausa—. ¿Estás borracho? Antes no hacías preguntas tan tontas.
Jairo respiró hondo; estaba demasiado sorprendido.
—¿Y dónde está su mamá?
—Nos dejó en la puerta del reservado y se fue.
—¿Se fue? ¿No dijo nada?
—No.
Lucas negó con la cabeza, pero luego recordó algo:
—Papá, vámonos rápido a casa, todavía no hago la tarea.
—Papá, yo no he cenado —dijo Samuel, más preocupado por su estómago.
Jairo, resignado, tuvo que llevarlos a casa. Facundo y los otros tres aguantaban la risa; cuando uno es padre, ya no puede hacer lo que se le dé la gana.
Jairo llevó a los niños a casa de Isabella. Al entrar, la vieron sirviendo la comida recién hecha y apurándolos a los tres para que se lavaran las manos.
Jairo se quedó un momento desconcertado, pero fue a lavarse las manos. Salió primero y acorraló a Isabella en la cocina.
—¿Qué significa esto?
Isabella alzó una ceja.
—¿Acaso los hijos son solo míos?
—¿Y?
—Como me hice cargo de Tecnología Crespo, ahora estoy ocupadísima todos los días. No tengo tiempo para cuidarlos. Necesito que tú los lleves y traigas de la escuela, que los ayudes con la tarea y que los cuides.
Jairo soltó una risa irónica.
—¿Este es tu contraataque?
—Escucha, ya se están peleando en el baño otra vez. Anda, ve a resolverlo. —Isabella lo empujó suavemente hacia afuera.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...