Me sobresalté y alejé hasta que choqué contra la pared. Nuestra distancia no era mucha. El impulso de cubrirme tomó el control. Una mano fue a mi zona íntima y la otra a mis tetas. Mis esfuerzos eran inútiles, podía ver más de lo que me gustaría admitir.
Estaba sin palabras, no procesaba lo ocurrido. Mis ojos fueron de su cabello mojado a su sonrisa cautivadora y perversa. Gotas resbalaban de su pecho definido a su abdomen marcado. Subí la mirada para evitar ver más… abajo. Pero mis ojos parecían tener vida propia, buscaban ver lo que tenía entre las piernas y me encontraba constantemente luchando contra ese instinto lujurioso. Con gran esfuerzo logré concentrarme en sus ojos.
Pensé que él estaría detallando mi cuerpo con una mirada morbosa, pero no. Estaba pendiente de mi rostro, de mis gestos. Estaba en un momento vulnerable y expuesta, e igual no se molestaba en evaluar mi cuerpo.
Tragué saliva.
―¿Qué haces aquí?
Sonrió con malicia.
―Somos esposos, es normal que nos bañemos juntos.
Su expresión era la de un pervertido y en sus ojos se notaba su deseo. Sin embargo, lo máximo que bajó sus ojos fue a mi cuello.
Estaba aquí, desnuda, en su casa, bajo coacción por un contrato que firmé fuera de mis cabales o simplemente no firmé y era falsificado. No tenía protección ni nadie que me defendiera. Era un blanco fácil para abusar y él lo sabía. Podría hacer conmigo lo que quisiera, usarme de las maneras más perversas y poseerme pese a mis negativas y súplicas, mas no lo hizo. No realizó un acto tan reprochable como la violación y en su rostro no veía esa intención.
―Ya terminé.
Derek se interponía entre la puerta y mi persona.
La ducha era espaciosa. Podría pasar junto a él sin rozarlo, pero mis nalgas serían fáciles de ver cuando intente abrir la puerta. Aunque debido a que me tomó por sorpresa desde atrás mientras estaba distraída sacando el champú, temía que ya había visto hasta la más mínima imperfección. Con solo imaginarlo me entraba el calor al cuerpo.
―Bien.
Fue todo lo que dijo mientras frotaba su cabello bajo el agua.
―Quiero salir.
―Adelante, eres libre de irte.
Aumenté la presión en las zonas que cubría con las manos. Justo cuando iba a pasar a su lado, me agarró del brazo y me jaló hacia él.
Un grito ahogado escapó de mis labios. El costado de mi cuerpo chocó contra sus pectorales y abdomen. El agua caía sobre nosotros.
―Te quedó champú aquí ―Pasó su mano por mi cabello, arriba de la oreja, fingiendo que me quitaba espuma.
Sabía que era mentira, que no tenía nada. Me quería descolocar y lo había conseguido.
No me estaba tocando en lugares indebido, pero que mi cuerpo desnudo estuviera haciendo contacto con un hombre en la misma situación, me causaba vergüenza.
―¡Derek! ―grité.
Al moverme, sentí algo contra la parte baja de mi espalda, algo duro y firme. Me sobresalté y me aparté como si fuera un arma radioactiva. Salí corriendo de la ducha sin importar que viera las partes más privadas de mí.
“Lo había tocado. Su… su… ¡Su pene!”
Me encerré en el vestier. Mi corazón galopaba como un caballo sano y fuerte. Las mejillas me ardían y mi mente no dejaba de recrear la escena. Por más que intentaba evitarlo mi cerebro se ofuscaba en llevar mis pensamientos a la forma, el tacto, el grosor y el largo de la virilidad de Derek.
Me vestí con rapidez, sin secar bien mi cabello. A pesar que cerré la puerta con seguro, quién sabe lo que ese hombre era capaz de lograr.
¿No respetar mi intimidad era uno de sus métodos de tortura?
Salí del vestier y ahí estaba él, con un toalla enrollada a su cintura. La imagen era provocadora y él me veía con atención. Repasaba mi vestimenta. Era un vestido azul océano con falda de tubo y un cinturón dorado adornaba mi estrecha cintura. La parte superior era de escote rectangular. Acompañe el traje con unos tacones cerrados.
Tener a alguien que me regalara comida todos los benditos días hubiera sido un alivio. Había noches que me preguntaba si era viable disminuir la cantidad de alimentos para pagar la deuda. No me avergonzaba recibir comida de alguien más.
La sonrisa burlona de Derek se esfumó. Me analizó por unos segundos. Carraspeó y continuó comiendo.
―Para ser alguien que al parecer pasa hambre constantemente, pensé que te lanzarías sobre la mesa como un animal salvaje ―Intentó conservar su tono hiriente y burlón, mas no lo consiguió.
―Yo pensaba lo mismo.
Juguetee con las fresas y me llevé una que otra a la boca. Los minutos pasaron y Derek arrojó los cubiertos de plata en el plato de porcelana, frustrado. Su comida estaba por la mitad.
―Si no vas a comer dejemos de perder el tiempo y vámonos.
Salió del comedor sin más. En su coche, traté disimuladamente de quitarme el anillo. No salió. Tiré con fuerza.
―Que maravillosos son los artesanos ―exhaló Derek con emoción, su vista fija en la carretera―. Un anillo hecho específicamente para tu dedo. Lo suficientemente grande para que no apriete y lo suficientemente pequeño para que no puedas sacarlo.
Lo miré a él y luego al anillo de oro atorado en mi dedo. Tiré con más fuerza y nada.
―Eso es físicamente imposible. Si le echo mantequilla probablemente salga. ¿Y si en algún momento necesito quitármelo para una cirugía o por cualquier cosa?
Este hombre lograba hacerme molestar con una facilidad admirable.
―Me pregunto cuánto tiempo podrás esconder que eres mi esposa. Ni siquiera voy a estar presente cuando sea revelado y ya lo estoy disfrutando ―dijo sonriente―. Que disfrutes tu primer día de trabajo como mi esposa.
Y me dejó frente al edificio de mi insoportable jefa que está encaprichada con él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...