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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 11

Mantuve la mano en mi cartera, escondiendo el anillo. Entré y saludé a mis compañeros con normalidad.

Por suerte, Derek había guardado la cartera que había llevado a la boda.

Al llegar al último piso me recibió el silencio absoluto. Pasé junto a los cubículos diminutos acomodados unos junto a otros. Uno que otro compañero me saludó, otros tenían la cabeza metida en la computadora y otros rezaban en voz baja para acabar con esta miseria llamada empleo.

A diferencia de los demás pisos que tienen la libertad de charlar, sonreír y descansar, nosotros no poseíamos ese privilegio. No cuando compartimos piso con la ladrona de felicidad.

Los pies me pesaban al acercarme aquella oficina. Odiaba que mi escritorio estuviera junto a su oficina y que lo único que nos separaba era la pared de vidrio.

Traté de hacer mis cosas con normalidad. Me costaba realizar las actividades priorizando una mano. Al redactar una carta en la computadora para nuestro nuevo socio, la bruja roba alma salió de la oficina.

―Necesito que despejes mi agenda de este fin de semana ―dijo con frialdad. Dio medía vuelta y se detuvo, volviendo a girar sobre sus talones. La mirada que me dedicó estaba cargada de molestia―. ¿Por qué no contestas mis llamadas?

―¿Disculpe?

―Te estuve llamando el fin de semana para que vinieras a trabajar y no respondías.

Una nueva inseguridad surgió de mí. Yo llevé el celular a la boda, ¿dónde estaba? Solo había dos opciones, lo boté o lo tiene Derek.

―Lo mandé arreglar, un problema con la batería.

Una mentira piadosa.

―Necesitaba que vinieras a trabajar el sábado y el domingo. Tuve que hacer mis labores por mi misma porque no estabas ―Me reclamó.

¿Me debería disculpar por no hacer el trabajo que le corresponde a ella? Siempre me pasaba sus proyectos y trabajos a mí. Cómo era mi jefa, se creía con el derecho de delegarme las responsabilidades de su cargo. Pero claro, ella era la del sueldo generoso y el reconocimiento.

No solo tenía una personalidad horrible, era pésima ejerciendo su cargo. La razón por la que tenía este puesto era porque el dueño de la empresa (su tío) se lo había conseguido.

―Había pedido el fin de semana libre con un mes de anticipación. Era la boda de mi amiga.

―Me da lo mismo. Si te llamo, responde. Si te exijo venir un día libre, vienes.

Tragué saliva, esperando que mi rabia se fuera con ella. Estaba esperando una respuesta. Mi silencio solo la enfurecía.

―Trabajarás horas extras por lo que no trabajaste el fin de semana.

Mi mandíbula cayó al suelo. Estaba a nada de llamarla perra cuando frunció el ceño y tomó mi mano.

―¿Qué significa esto? ¿Cuándo te casaste?

Abrí los ojos de par en par y retiré mi mano con brusquedad. Inútilmente, escondí mi mano detrás de la espalda.

No respondí.

―No era la boda de una amiga a la que asististe, ¿verdad? Fue la tuya ―Acusó como si fuera un crimen haberme casado―. ¿Cómo pudiste casarte antes que yo?

Era envidia lo que irradiaba en sus ojos.

―¡Dame tu mano! ―ordenó.

―No ―respondí al instante.

Se llevó una mano al pecho y soltó un gemido entrecortado, como si la hubiera ofendido en cinco idiomas.

―Ese anillo se veía costoso. Dame tu mano ―gruñó.

Me puse en pie al ver que estaba tomando una posición de ataque. Antes de que pudiera retroceder se hecho sobre mí, pasando sobre el escritorio. Mis pies se mantuvieron firmes y no caí, pero logró que retrocediera. Estuvimos forcejeando; ella clavaba sus uñas en mis antebrazos mientras sus ojos seguían mi mano enjoyada. Era como si estuviera poseída, hipnotizada. Parecía una bestia hambrienta en lugar de una mujer de alta cuna.

Capítulo 11: Injusticia. 1

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